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OPINIÓN

Ciencia y compromiso: la biología de la conservación

por Miguel Delibes de Castro


El biólogo de la conservación reflexiona, en su toma de posesión como académico de las Ciencias, sobre si la ciencia, “voluntariamente restringida a la búsqueda del conocimiento”, debe comprometerse con unos valores, por nobles que sean, como la conservación de la naturaleza

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Este texto es un extracto del discurso que pronunció ayer Miguel Delibes de Castro, miembro del Consejo Editorial de ‘Materia’, en el acto de su recepción como académico de número en Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Si uno aspira a conservar la naturaleza y al mismo tiempo hacer ciencia, inevitablemente dudará sobre la conciliación entre los valores que asume y el presumido distanciamiento exigible al científico. ¿Hasta qué punto el ánimo conservacionista puede sesgar nuestra actividad investigadora, desde los planteamientos hasta la interpretación de los resultados? He convivido con esta incertidumbre, habitualmente en buena armonía, durante toda mi carrera científica, pero sólo en esta ocasión he llegado a concretarla en un papel. Les hablaré, pues, de la Biología de la Conservación, pero contando con su venia reflexionaré brevemente sobre el papel que en la ciencia pueda caber a los valores humanos, en principio ajenos al conocimiento.

En el Preámbulo del Código de Buenas Prácticas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas se especifica sin ambages que “la ciencia está al servicio del bien común y no al revés”. No es una idea nueva, ciertamente. Hace ya cuatro siglos argumentaba Francis Bacon que el objetivo principal de los descubrimientos debía ser aliviar la condición humana. Tan buenas intenciones, sin embargo, no ocultan que en teoría la ciencia ha de ser neutra desde el punto de vista moral, carecer de valores asociados. Ernesto Sábato, literato famoso y practicante científico en su juventud, lo expuso con poética desnudez siete décadas atrás. “La ciencia estricta (…) –escribió- es ajena a todo lo más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte (…). A medida que la ciencia se vuelve más abstracta y en consecuencia más lejana de los problemas, de las preocupaciones, de las palabras, de la vida diaria, su utilidad aumenta. Una teoría tiene tantas más aplicaciones cuanto más universal, y por lo tanto cuanto más abstracta, ya que lo concreto se pierde con lo particular”.

 ¿Hasta qué punto el ánimo conservacionista puede sesgar nuestra actividad investigadora, desde los planteamientos hasta la interpretación de los resultados?

Es difícil oponerse a los argumentos de Sábato, incluso cuando afirma: “Estrictamente, los juicios de valor no tienen cabida en la ciencia”. Pero en tal caso, ¿cómo hermanarla con el servicio al bien común, mencionado más arriba? ¿Acaso no requiere el “bien”, para serlo, de un juicio moral previo? Sospecho que la mayoría de quienes practicamos la ciencia no encontramos mayor dificultad. Asumimos que el mero conocimiento es positivo para la humanidad, puesto que permite a todas y cada una de las personas, o así debería ser, afrontar la vida con más libertad, confianza y racionalidad que si careciéramos de él. Además, en el plano colectivo es innegable que las aplicaciones de la ciencia y el desarrollo de la tecnología han permitido a la especie humana dominar el entorno, crecer económicamente, aliviar el efecto de las enfermedades y mejorar el nivel de vida.

Como exponía hace unos años una comisión de la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), “la ciencia es una aventura intelectual que lleva implícitas las ideas de creatividad y progreso”. ¿Cabe dudar, acaso, de su carácter positivo desde el punto de vista moral? Quizás sí. Uno puede crear para el mal, y no sería la primera vez que lo que se antoja progreso admita ser catalogado de otra manera.

 Hace ya cuatro siglos argumentaba Francis Bacon que el objetivo principal de los descubrimientos debía ser aliviar la condición humana

Permítanme aquí un inciso personal que viene muy a cuento; mi progenitor, el escritor Miguel Delibes, leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 1975, poco después del fallecimiento de su esposa, mi madre; yo lo hago hoy tras haber perdido a mi padre, al que hacía ilusión que llegaran este momento y este acto; él tituló su lección, que familiarmente llamaba “mi tesina”, como “El sentido del progreso desde mi obra”, y allí dejó anotado: “El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo (…), sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos (…) y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia”.

Puesto que la posibilidad de equivocarse es real, al dar por bueno que la actividad científica interiorice valores positivos tal vez estemos abriendo la puerta a que pueda, asimismo, trabajar para el mal. No me detendré demasiado en ello, pero baste recordar las polémicas sobre el papel de la investigación en el origen de las armas nucleares, o en los intentos de mejorar la estirpe humana mediante técnicas eugenésicas. Ambas han durado prácticamente hasta nuestros días. En 1999 el físico Joseph Rotblat, Premio Nobel de la Paz, publicó en Science un duro editorial sobre las responsabilidades de los científicos; entre otras cosas, afirmaba: “A través de sus aplicaciones tecnológicas, la ciencia (…) ha mejorado enormemente la calidad de vida de las personas (…), pero también ha creado grandes peligros, amenazando la propia existencia de la especie humana (…). Sin embargo, muchos científicos todavía se aferran a una mentalidad de torre de marfil, fundamentada en preceptos tales como ‘la ciencia debe hacerse por ella misma’, ‘la ciencia es neutra’ y ‘la ciencia no puede ser condenada por sus malas aplicaciones’”.

Mi progenitor, Miguel Delibes, leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua poco después del fallecimiento de su esposa, mi madre; yo lo hago hoy tras haber perdido a mi padre, al que hacía ilusión que llegaran este momento y este acto

Muy poco después, aunque su aportación tardara unos años en ser publicada, le respondía otro físico, Lewis Wolpert, cuestionándose cómo es posible saber, en cada caso, dónde está, o qué es, el bien: “Si los científicos hubieran decidido no participar en la construcción del arma nuclear, su decisión podría haber llevado a perder la guerra” y tal vez entonces, intuía, las consecuencias para el conjunto de la humanidad hubieran sido peores. La conclusión de Wolpert es tajante: “En contraste con la tecnología, el conocimiento científico en sentido estricto está libre de valores y es ajeno a la moral o la ética. Los científicos no son responsables de las aplicaciones tecnológicas de la ciencia”.

Tal vez sea cierto, pero ¿podemos reconocer la nítida diferencia que reclama Wolpert entre el conocimiento puro y su aplicación, entre la ciencia básica y la tecnología? Por poner un ejemplo, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, tan mencionado, se diferencian ocho áreas de conocimiento, de las que cuatro se catalogan directamente como “Ciencia y Tecnologías”, mientras que respecto a las otras cuatro caben pocas dudas de su carácter, si no total, al menos parcialmente orientado. En otras palabras, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas como conjunto, y cada una de sus áreas por separado, no se dejan guiar exclusivamente por la curiosidad, sino que deben identificar problemas de la sociedad y colaborar a resolverlos (como, dicho sea entre paréntesis, se encargan de recordarnos pertinazmente las agencias científicas, desde las comunidades autónomas a la Unión Europea).

La preocupación por la conservación de la naturaleza es antigua y puede rastrearse en muchas culturas, desde el heleno Platón al emperador indio Ashoka, dos siglos antes de nuestra era

Por supuesto, cabe distinguir entre ciencia y tecnología, pues no siempre han estado tan ligadas como ahora. Sin embargo, cada vez es más difícil hacerlo. No es raro, por ello, que siguiendo la senda marcada por la biomedicina, crecientemente aparezcan disciplinas o subdisciplinas científicas que reconocen una misión, o unos valores, asociados a su actividad. Entre ellas se cuenta la Biología de la Conservación, considerada, como adelanté, una respuesta de la comunidad científica a la crisis ambiental.

La preocupación por la conservación de la naturaleza es antigua y puede rastrearse en muchas culturas, desde el heleno Platón al emperador indio Ashoka, dos siglos antes de nuestra era, o al Gran Mogol en tiempos de Marco Polo. En España, las Cortes de Valladolid de 1351 castigaban con multa de 100 maravedíes y pena de azotes a quien derribase encina o pino, y con la muerte a quien descuajase el monte para cultivar. A lo largo del siglo XVIII se fueron acumulando argumentos a favor del respeto que las actividades humanas debían al capital natural. Ello chocaba frontalmente, sin embargo, con la arraigada idea (primero de los clásicos y más tarde cristiana) de que nuestra especie era algo así como la administradora de los designios de Dios en la Tierra, y por tanto incapaz de actuar irregularmente sobre su entorno. El Conde de Buffon lo ilustró claramente al afirmar: “La naturaleza salvaje es horrible y letal; soy yo y sólo yo quien puede convertirla en grata y habitable”, mientras recomendaba desecar los humedales, cultivar los bosques y modificar el curso de los ríos. Muchos esfuerzos científicos y tecnológicos se han dedicado a estas tareas.

La conexión estrecha entre el interés por conocer el entorno y la preocupación por conservarlo, que daría lugar a la Biología de la Conservación, comenzó a fraguar en el siglo XIX. Sin duda dos circunstancias diferentes, aunque no del todo independientes, ayudaron a este maridaje. Por un lado, el avance de los conocimientos geográficos, la exploración, cuando menos grosera, de la práctica totalidad del Planeta, que facilitó a la humanidad “ilustrada” sentirse ocupante de un único mundo físico (recuerden  a este respecto que Humboldt aspiraba a encontrar “la unidad de la naturaleza”). Por otro lado, la revolucionaria aportación de Charles Darwin y complementariamente Alfred R. Wallace, probando que los humanos y otros seres vivos no sólo compartimos un hogar, sino también una historia y una genealogía, estamos relacionados por lazos de parentesco. La conciencia del carácter global de los límites y de los problemas (y por tanto, también de las hipotéticas soluciones), y el reconocimiento de la trascendencia en múltiples aspectos del proceso evolutivo, son elementos fundamentales en la Biología de la Conservación actual.

Mediado el siglo XX se había avanzado notablemente en la percepción de los problemas ambientales y en la necesidad de ponerles coto, e incluso se habían concretado algunas fórmulas para hacerlo, como la génesis de reservas y parques nacionales. Se echaban en falta, sin embargo, iniciativas científicas, que a partir de ese momento empezarían a surgir, bien que descoordinadas, un poco por todas partes, pero principalmente desde la ecología (como Aldo Leopold), la biología de poblaciones y comunidades (Charles Elton), la biogeografía (Robert Macarthur), la genética de poblaciones (John Frankel), la toxicología (Rachel Carson) o la biología evolucionista (Paul Ehrlich y Edward Wilson).

En 1969 comenzó a publicarse en Inglaterra la revista científica internacional Biological Conservation, muy activa hasta hoy. En 1972 el mundo se asombró (y preocupó) cuando el Club de Roma dio a conocer el informe sobre Los límites del crecimiento. Había sido encargado a Meadows y otros del M.I.T., y respondía a los resultados del primer modelo por ordenador que relacionaba el imparable aumento de la demanda a escala global con la capacidad limitada de la Tierra para ofrecer recursos. El diseño tenía fallos notables, pero su conclusión rotunda era que el modo de crecimiento imperante resultaba insostenible. Ese mismo año se reunió en Estocolmo la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, en la que un panel de expertos debatió el “Proyecto número 8” sobre “la conservación de las áreas naturales y del material genético que contienen”, documento que sería publicado en 1973 por la UNESCO dentro de su programa Hombre y Biosfera.

Michael Soulé dijo que era hora era de que conservacionistas y científicos aunaran sus esfuerzos para salvar a las especies amenazadas

Todo parecía dispuesto, pues, para que el problema de conservar la naturaleza y sus recursos se abordara por los académicos bajo una perspectiva unitaria. Hacía falta, tal vez, que alguien los reuniera y, sobre todo, que se recalcara y enalteciera el carácter científico de esa actividad. Lo hicieron un grupo de investigadores y técnicos reunidos en 1978 en San Diego. Al finalizar un banquete celebrado en el parque zoológico de la ciudad, el biólogo Michael Soulé hizo un vigoroso discurso invocando el compromiso de la academia con la conservación de la naturaleza; en los últimos 65 millones de años, aseguró, no se había producido un proceso de extinción de especies tan rápido como el contemporáneo; hora era de que conservacionistas y científicos aunaran sus esfuerzos para salvar a las especies amenazadas. Nadie fue insensible al requerimiento, por más que originara una notable controversia: Por una parte, se reconocía el papel imprescindible de la investigación para corroborar objetivamente la magnitud de la crisis, mas por otra se dudaba de que la ciencia, voluntariamente restringida a la búsqueda del conocimiento, debiera comprometerse con unos valores, por nobles que fueran.

La Biología de la Conservación es una disciplina orientada hacia una misión e incluye tanto ciencia pura como ciencia aplicada

Un par de años más tarde, el propio Soulé coeditó con su colega Bruce Wilcox un volumen titulado, precisamente, Conservation Biology. A todos los efectos, este libro puede tomarse como el origen de la nueva disciplina, que se considera deudora de muchas otras, no sólo biológicas. ¿Qué tiene, pues, de original? La mayoría de los autores no se ponen de acuerdo sobre el motivo principal de su rápido éxito entre la comunidad científica. Algunos destacan, y su importancia es evidente, la incorporación de las ideas sobre conservación al paradigma evolucionista, ajustándose a la famosa reflexión de Dobzhansky según la cual en Biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución. Otros muchos ponen el énfasis en la relación de la Biología de la Conservación con “una misión”. La primera frase del libro de Soulé y Wilcox, por ejemplo, sostiene con rotundidad: “La Biología de la Conservación es una disciplina orientada hacia una misión e incluye tanto ciencia pura como ciencia aplicada”. Confiesan más tarde, de forma paladina, que la base del éxito puede consistir en haber dado con la denominación adecuada: “Una comunidad de intereses y preocupación cristaliza a menudo gracias a un simple término. Ese término es Biología de la Conservación”.

— Miguel Delibes de Castro, Presidente del Consejo de Participación del Espacio Natural de Doñana. Miembro del Consejo Editorial de 'Materia'

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