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OPINIÓN

Cien años de oceanografía laica, a Dios gracias

por Antonio Calvo Roy


Hoy se cumple un siglo del nacimiento del Instituto Español de Oceanografía, fundado para investigar los mares por Odón de Buen, pionero del ecologismo

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Hoy, 17 de abril, se cumplen 100 años de la creación del Instituto Español de Oceanografía. Y es irónico, sin duda a Odón de Buen, su fundador, le hubiera parecido divertido, que con este lunático calendario que padecemos, en el que las vacaciones se rigen por las fases de la Luna, el 17 de abril del 2014 haya caído justo en jueves santo. Para alguien que tuvo las relaciones con la Iglesia que tuvo De Buen, no deja de tener gracia la coincidencia. Sobre todo si tenemos en cuenta que el jueves santo de 1894 organizó en Sabadell una velada librepensadora, a 2,50 pesetas el cubierto, convocada por las logias masónicas y librepensadoras, al grito de ¡Viva la libertad de conciencia!

Los periódicos conservadores trataron de impedir que se celebrara “este esperpento”, pero finalmente se llevó a cabo y en él De Buen, junto a cien comensales, “hizo un discurso altamente científico en el fondo y de forma popular”, según reseñó la prensa. Vaya, la divulgación de la ciencia que le caracterizaba. Y añade el periódico que en su charla, “aludiendo a la misión de la mujer, probó con recuerdos históricos que la mujer española tiene facultades para ser un agente poderoso de progreso si se la arranca de las garras del fanatismo religioso y de la ignorancia”. Como se ve, pese a las trabas para impedir que se celebrara aquella velada en 1894, se celebró; este 17 de abril del 2014 no se ha autorizado, sin embargo, una manifestación convocada por la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores de Madrid.

En fin, tal día como hoy, aunque aquel año era un día laico, nació el Instituto Español de Oceanografía, IEO, con dos laboratorios y medio, sin presupuesto conocido y con un artículo final en el decreto fundacional que decía que “El Instituto comenzará á funcionar cuando existan las consignaciones necesarias en los presupuestos del Estado”. La penuria, como la confesionalidad del Estado, nos viene de antiguo. Con aquellos escasos mimbres pero con un empuje formidable, Odón de Buen (1863-1945) levantó un centro de investigación que 100 años después sigue teniendo el mismo nombre y el mismo propósito para el fue creado. Con la formulación actual, que recoge todas y cada una de las ideas de su fundador, el IEO está dedicado a la investigación en ciencias del mar, especialmente en lo relacionado con el conocimiento científico de los océanos, la sostenibilidad de los recursos pesqueros y el medio ambiente marino. Y, otra vez fiel a las ideas del fundador, representa a España en la mayoría de los foros científicos y tecnológicos internacionales relacionados con el mar y sus recursos.

El príncipe Alberto de Mónaco

Antes de la creación del IEO hay dos tímidos precedentes oceanográficos, el primero, un impulso de Mariano de la Paz Graells (1809-1898), quien participó en congresos del ramo y, desde la Comisión Central de Pesca, en 1865, propició los reglamentos para la explotación de los recursos marinos e impulsó el desarrollo de la pesca y la acuicultura; y el segundo, el de Augusto González de Linares (1845-1904), fundador de la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimental de Santander, en 1886, el primer centro de investigación marino en tierra de España.

Odón de Buen, republicano, supo moverse con las familias reales, la española y la monegasca

Por su parte, Odón de Buen fue el responsables primero de la instalación de un laboratorio de biología marina en la fragata Blanca, en la que llevó a cabo, en 1885, su viaje iniciático y en el que descubrió el mar y, después, de la creación de los laboratorios de Palma de Mallorca, en 1906 y Málaga, en 1911. No es fácil hacerse a la idea de lo que supone la creación primero de estos laboratorios propios y luego, del IEO, con el añadido del centro de Santander que no estaba bajo su organización.

Y fue posible porque Odón de Buen supo moverse muy bien tanto en las esferas científicas como en las políticas, y tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Catedrático en Barcelona desde 1889, gracias a su incesante actividad académica y política —fue concejal en el ayuntamiento de Barcelona y senador en Madrid—, y a sus publicaciones, además de sus viajes con alumnos al extranjero, pudo tender sólidas redes nacionales e internacionales y conseguir los apoyos precisos para hacer carne sus ideas.

Y supo moverse adecuadamente con las familias reales, la española y la monegasca, lo que no deja de tener mérito en un republicano tan republicano como él. La ayuda real fue imprescindible para que apareciera el decreto fundacional de 1914, porque, gracias al empuje del príncipe Alberto de Mónaco, se iba a celebrar en Madrid, en 1915, una conferencia de todos los países ribereños del Mediterráneo con el fin de constituir la Comisión Internacional del Mediterráneo. Esa reunión, que finalmente la Primera Guerra Mundial truncó y que no se celebraría hasta 1919, fue el motivo preciso para que apareciera el decreto fundacional.

“Lo que un triste camino vecinal”

Pero, como no podía ser de otra manera, los principios no fueron fáciles. Así se desprende de este suelto aparecido en la revista Madrid científico, en 1915: “Cuando el Instituto Español de Oceanografía, creado con excelente acuerdo por Real Decreto en el pasado abril, comenzaba a dar sus frutos, aparece suprimido por razón de economía en los nuevos presupuestos. Es decir, que en esos presupuestos donde han pasado todas las codicias, todos los intereses parciales y privados por valor de cientos de millones, no han podido pasar las 40.000 pesetas que para personal y material tenía el mencionado organismo. El estudio de nuestros mares con sus inmensas riquezas, no significa para nuestros parlamentarios, lo que un triste camino vecinal.”

Gracias a los barcos de guerra fueron posibles las primeras campañas oceanográficas

Pero, con gran visión de futuro, Odón de Buen había colocado la sede del IEO en Madrid, donde era catedrático desde 1911, así que estaba todo el día de cabildeo para conseguir que, si no había presupuesto, hubiera al menos otras colaboraciones. Así, el ministerio de Marina le ayudó desde el primero momento y gracias a los barcos de guerra pudo hacer sus primeras campañas oceanográficas. Sus disputas con el ministerio al que pertenecía el IEO, el de Instrucción Pública, a cuenta entre otras razones de haber quitado el laboratorio de Santander al Museo de Ciencias Naturales, dirigido por Ignacio Bolívar, impedían que encontrara allí apoyo.

Tal y como escribe De Buen en sus memorias, “en los primeros años no había en los presupuestos cantidad alguna para los nuevos servicios, pero se pudieron aprovechar las consignaciones de los laboratorios existentes, que eran, por cierto, bien mezquinas, y obtener el auxilio del ministerio de Marina”. Tenía experiencia en exprimir presupuestos exiguos y en tener paciencia, puesto que los laboratorios que había fundado habían tardado una media de tres años en empezar a funcionar en condiciones.

De ministerio en ministerio

Las penurias no acaban y así, en 1917, Odón de Buen volvía a manejar sus redes y sus hilos en la prensa, en este caso en el diario La Época: “Comentándose la exagerada intransigencia con que han sido rechazadas por el Gobierno algunas de las enmiendas presentadas al proyecto de autorizaciones, se censuraba que no haya sido admitida la que el Sr. Ugarte defendió elocuente y razonadamente, a fin de que se faculte al ministro de Instrucción Pública para invertir hasta 100.000 pesetas, cantidad bien escasa, por cierto, para crear el Instituto Español de Oceanografía, organizando el laboratorio de Vigo, y poder atender a los gastos de las investigaciones oceanográficas, como base de la conservación y fomento de la riqueza pesquera de nuestras costas”.

Hoy tronaría la voz de Odón de Buen insistiendo en la importancia de la investigación para el desarrollo del país

En todo caso, poco a poco consiguió añadir a los laboratorios de Palma, Málaga y Santander los de Vigo y Canarias (aunque con vidas complicadas) y asentar la disciplina en España, entre otras cosas gracias a que durante la dictadura de Primo de Rivera —que había sido alumno y se convirtió en amigo—, fue nombrado director general de Pesca. Pero Odón de Buen, como tantos, incluido el IEO, perdió la guerra. Él murió en el exilio, en México, en 1945, y el Instituto vegetó de ministerio en ministerio, en cierta medida como un apestado político, hasta que poco a poco pudo levantar cabeza y volver a ser una institución relevante en el panorama oceanográfico nacional e internacional. Como la falsa moneda, desde su creación el IEO fue pasando de mano en mano y ha pertenecido a los ministerios de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1914; Marina, 1924; Fomento, 1928; Marina (de nuevo), 1932; Comercio, 1963; Trasporte y Comunicaciones, 1977; Agricultura, Pesca y Alimentación, 1980; Ciencia y Tecnología, 2000; Educación y Ciencia, 2004; Ciencia e Innovación, 2008; Economía y Competitividad, 2011.

Si viviera, sin duda Odón de Buen estaría orgulloso del IEO actual. Nunca como hoy el Instituto Español de Oceanografía ha disfrutado de tantos barcos, investigadores y prestigio internacional. A los viejos laboratorios de Palma de Mallorca, Málaga y Santander hay que sumarles hoy los de La Coruña, Cádiz, Tenerife, Gijón, Murcia y Vigo; además, cinco plantas de experimentación de cultivos marinos, doce estaciones mareográficas y una estación receptora de imágenes de satélite. Y una flota de barcos que cuenta con ocho buques oceanográficos, los dos últimos del 2011 y del 2012, y otras embarcaciones menores. En él trabajan 700 personas, la gran mayoría, el 80%, dedicado a la investigación o al apoyo a la investigación. Un presupuesto de 65 millones de euros hubiera también asombrado a De Buen. Aunque, sin duda, estaría hoy con quienes se echan las manos a la cabeza porque los recortes de estos años se han cebado, precisamente, con la ciencia, justo con aquello a lo que no deberían haber afectado. Tronaría, sin duda, su voz insistiendo en la importancia de la investigación para el desarrollo del país, pero tendría también una íntima satisfacción al ver en qué se ha convertido su IEO. Podría ver, como escribió el final de su vida expresando un deseo, que no había sembrado en arenales estériles.

— Antonio Calvo Roy, periodista científico, presidente de la Asociación Española de Comunicación Científica y autor del libro 'Odón de Buen: Toda una vida'

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