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El cerebro de este chico podría descifrar el autismo

por Maia Szalavitz para 'Matter'

El autismo cambió la vida de la familia de Henry Markram, uno de los neurocientíficos más reconocidos del mundo. Ahora, su ‘teoría del mundo intenso’ podría modificar nuestras ideas preconcebidas sobre esta condición y los estereotipos vinculados a quienes la sufren

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Los Markram eran conscientes de la importancia de sus resultados. Comprendieron que unos sistemas emocionales, sensoriales y retentivos hiperreactivos podrían explicar a la vez las capacidades de los autistas y sus dificultades. Después de todo, el problema de las ratas expuestas al AVP no es que no puedan aprender. Es más bien que aprenden demasiado rápido, con demasiado miedo, y de un modo irreversible.

Volvieron sobre las experiencias de Kai: cómo se tapaba los oídos y se resistía a ir al cine por aborrecer los sonidos muy altos; su dieta limitada y su aparente pánico a probar comidas nuevas. “Sabe exactamente dónde se sentó y en qué restaurante aquella vez que se pasó siglos delante de una ensalada”, dice Kamila, que recuerda cómo ella le había prometido algo que le apetecía mucho si se la comía. Ni siquiera así fue capaz de tomar un solo trozo de lechuga. Era una clara exageración de sus miedos. Los Markram también volvieron a examinar los colapsos de Kai, y se preguntaron si no estarían provocados por experiencias agobiantes. Comprendieron que si identificaban las susceptibilidades de Kai podrían prevenir los berrinches evitándole situaciones desagradables o mitigando su angustia antes de que fuera insoportable. La idea de un mundo intenso tenía aplicaciones prácticas inmediatas.

Los datos del AVP también dan a entender que el autismo no se limita a una sola red cerebral. En los cerebros de las ratas expuestas al AVP, tanto las amígdalas como el córtex habían demostrado ser hipersensibles a los estímulos externos. Así que los Markram pensaron que quizá las dificultades sociales de los autistas no se deban a fallos de procesamiento social; tal vez sean la consecuencia de una sobrecarga de información total.

Si un niño autista desconecta cuando se siente abrumado, sus problemas de interacción social y de expresión podrían no deberse a daños físicos en el cerebro, sino al ruido ambiental o a sus propios intentos de fuga

Imaginemos cómo debe sentirse un recién nacido en un mundo donde se suceden las sensaciones impredecibles. Abrumado, lo normal es que buscara el modo de escapar. Kamila lo equipara a sufrir de insomnio, jetlag y resaca, todo a la vez. “Un par de noches en vela y todo se vuelve doloroso. La luz. El ruido. Solo quieres aislarte”, afirma. El recién nacido no es como el adulto, que puede salir corriendo. Solo le queda llorar, mecerse, y más adelante, evitar todo contacto físico o visual y cualquier otra sensación intensa. Es posible que los niños autistas abracen los modelos previsibles solo por encontrarle un sentido al caos.

Por otra parte, si un niño se aísla, se perderá lo que se conoce como “período delicado”, una fase del desarrollo en la que el cerebro se muestra especialmente receptivo a ciertos tipos de estímulos externos que asimila muy deprisa. Esto puede tener consecuencias de por vida. Un ejemplo clásico es el desarrollo del habla: si a un niño no lo expones al lenguaje en sus tres primeros años de vida puede ver muy comprometida su destreza verbal. De ahí que durante siglos se estableciera, equivocadamente, una relación entre sordera y minusvalía intelectual. Antes de que se les educara en el lenguaje de signos, los niños sordomudos solían presentar déficits de comunicación crónicos. Pero el problema se debía a una falta de estímulos lingüísticos en un período crítico de su vida, no a defectos físicos en las “zonas de lenguaje”. Es, por cierto, el mismo fenómeno que explica por qué un niño aprende un segundo idioma más fácilmente que un adulto.

Esto es de gran importancia para entender el autismo. Si un niño autista desconecta cuando se siente abrumado, sus problemas de interacción social y de expresión podrían no deberse a daños físicos en el cerebro, sino al ruido ambiental o a sus propios intentos de fuga, que le habrían privado de una formación esencial justo cuando su cerebro más la necesitaba. La teoría del mundo intenso podría también explicar el trágico paralelismo entre el comportamiento autista y el de aquellos niños que han padecido abusos o falta de cariño. Unos y otros suelen rehuir el contacto visual, tienden a mecerse y presentan problemas de interacción social. Debido a estas semejanzas, los padres de niños autistas han sufrido durante décadas acusaciones como la famosa “madre nevera”. En caso de tratarse de mecanismos de supervivencia, los autistas se valdrían de ellos no para escapar del maltrato, sino porque la propia experiencia vital les resulta abrumadora y hasta traumática.

El ‘mundo intenso’ y sus ratas tratadas con AVP están arrojando nueva luz sobre los matices sensoriales del autismo que hasta ahora habían sido injustamente ignorados

Los Markram se aventuran más allá: es posible que los problemas sociales no sean una característica inalterable o determinante del autismo. Reducir o moderar desde un principio la intensidad del entorno de un niño autista podría ayudar a proteger sus destrezas al tiempo que se atenúan o incluso se evitan las discapacidades asociadas al autismo. El modelo AVP  refleja además otros rasgos paradójicos del autismo. Por ejemplo, si bien es frecuente que los autistas sean hipersensibles, también son menos sensibles al dolor. Lo mismo sucede con las ratas expuestas al AVP. Además, uno de los rasgos más comunes del autismo es el crecimiento anormal del cerebro, especialmente en el córtex. Los investigadores han localizado allí un exceso de circuitos –las minicolumnas-, que podrían equipararse a los microprocesadores del cerebro. Las ratas de los ensayos con AVP presentan ese mismo exceso.

Es más, un exceso idéntico se ha descubierto en autopsias de científicos de quienes se desconocía que fueran autistas. Esto podría indicar que la inteligencia excepcional y los problemas de interacción social, en un mismo arquetipo cerebral, no tienen por qué ir siempre de la mano. Cabe la posibilidad de que el cerebro autista funcione adecuadamente solo bajo circunstancias idóneas, como los motores de alto rendimiento. Cuando se dan dichas condiciones, tal y como haría un Ferrari frente a Ford, no le costaría dejar atrás al resto.

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MÁS INFO
» 'The Intense World Syndrome – an Alternative Hypothesis for Autism' ('Frontiers in Neuroscience')
» Entrevista con Henry y Kamila Markram ('Wrong Planet')
» 'The autistic brain', podcast ('Brain Science Pdocast')

Archivado en: aprendizaje, autismo, cerebro, neurociencia




COMENTARIOS

  • Laura Fernández

    Soy
    alumna de primero de la ESO y mi hermano pequeño tiene autismo, la verdad es que al leer el comportamiento de este chico, Kai, lo he relacionado mucho con el de mi
    hermano y tengo que decir que el autismo es una enfermedad de la que se sabe
    muy poco y que la gente que no tiene a alguien con este problema no sabe
    verdaderamente como es (pero eso ocurre con todos los problemas y enfermedades
    la verdad)
    También querría decir que apoyo mucho la causa
    de este hombre, Henry Markram , y espero que se descubra de donde viene de
    verdad este problema.
    Por último querría darle un gran saludo a mi hermano, la personita a la que más
    quiero en este mundo y terminar con una frase relacionada con todo esto:
    El autismo no es la tragedia, la tragedia es la ignorancia.

  • carmen

    en conclusion con estos descubrimiento mencionados como lo aplicamos en nuestros hijos ?