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El cerebro de este chico podría descifrar el autismo

por Maia Szalavitz para 'Matter'

El autismo cambió la vida de la familia de Henry Markram, uno de los neurocientíficos más reconocidos del mundo. Ahora, su ‘teoría del mundo intenso’ podría modificar nuestras ideas preconcebidas sobre esta condición y los estereotipos vinculados a quienes la sufren

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Henry Markram es alto, tiene el pelo pajizo, unos intensos ojos azules y el inconfundible aire de autoridad de quien dirige un ambicioso proyecto de investigación de gran presupuesto. No es fácil relacionarlo con un niño problemático, autista. Se levanta a las 4  de la mañana casi todos los días y trabaja en el amplio apartamento de la familia en Lausana antes de encaminarse al instituto donde tiene su sede el Proyecto Cerebro Humano. “Duerme unas cuatro o cinco horas”, dice Kamila. “No necesita más”. De niño, dice Markram, “quería saberlo todo”. Pero en el instituto pasó la mayor parte del tiempo en el grupo de los que iban mal. Un profesor de latín le motivó para que estudiara más, y cuando un tío suyo al que quería mucho murió tras una fuerte depresión –aún no tenía los 40 “pero se rindió y se hundió”-, Markram dio un giro a su vida. Acababan de mandarle unos deberes de química cerebral que le hicieron pensar. “Si la química y la estructura del cerebro pueden cambiar y entonces yo cambio, ¿quién soy? Es algo muy profundo. Así que decidí estudiar medicina y hacerme psiquiatra”.

Markram estudió en la Universidad de Ciudad del Cabo, pero en el cuarto año de Medicina obtuvo una beca para Israel. “Era el paraíso”, dice. “Tenía todo aquello con lo que podía soñar para estudiar el cerebro”. Nunca volvió a la facultad de medicina y a los 26 años se casó con su primera mujer, una israelí llamada Anat. Pronto tuvieron su primera hija, Linoy, que hoy tiene 24 años, y poco después vino la segunda, Kali, que ha cumplido 23. Kai nació cuatro años más tarde.

Markram pasaba el día estudiando el cerebro, pero no encontraba el modo de ayudar a Kai a manejarse y aprender

Durante sus estudios de postgrado en el Instituto Weizmann de Israel, Markram hizo su primer descubrimiento de importancia al explicar la relación entre dos neurotransmisores implicados en el aprendizaje, la acetilcolina y el L-glutamato. El trabajo tenía relevancia, era brillante –sobre todo en una carrera aún incipiente- pero fue lo que vino después lo que dio a conocer a Markram. En un postdoctorado con el Nobel Bert Sackmann en el Instituto Max Planck de Alemania, Markram demostró cómo “las células que se disparan juntas permanecen juntas”. Se trata de un principio fundamental de la neurociencia desde los años 40, pero nadie había logrado entender de hecho el funcionamiento del proceso.

Mediante el estudio de la cadencia exacta de las señales eléctricas entre las neuronas, Markram probó que los disparos que siguen patrones concretos aumentan la fuerza de la sinapsis que une las células, mientras que la ausencia de ritmo los debilita. Este sencillo mecanismo permite al cerebro aprender, forjando conexiones literales y figuradas entre diversas experiencias y sensaciones, y asimismo entre causa y efecto.

Medir estas sutiles distinciones temporales fue también un triunfo de la técnica. Sackmann obtuvo el Nobel en 1991 por desarrollar la “técnica de fijación de membranas”, que mide los minúsculos cambios en la actividad eléctrica dentro de las células nerviosas. Para fijar una sola neurona, es necesario extraer primero una rodaja de cerebro de aproximadamente 0,33 milímetros de grosor que contiene alrededor de seis millones de neuronas, por lo común de una rata a la que se acaba de seccionar la cabeza.

El tejido se mantiene vivo con oxígeno y la rodaja de cerebro se baña en un sustituto del líquido cerebroespinal utilizado en el laboratorio. Con ayuda de un microscopio, y mediante una minúscula pipeta de vidrio, se atraviesa con mucho cuidado una sola célula. La técnica es similar a la de la fecundación in vitro, en la que se inyecta un espermatozoide en el óvulo, si bien las neuronas son varios cientos de veces más pequeñas que los óvulos.

Exige buen pulso y una exquisita atención a los detalles. Markram logró fabricar una máquina capaz de estudiar a la vez doce de estas células preparadas con tanto escrúpulo, lo que le permitía medir sus interacciones eléctricas y químicas. Los científicos que lo han hecho dicen que algunos días no se consigue una sola célula útil, pero Markram se convirtió en un experto.

Aunque pueda parecer que carecen de emociones, los Markram insisten en que los autistas viven abrumados por sus propias emociones y las de los demás

Y, sin embargo, había un problema. Parecía ir de un éxito a otro en su carrera profesional –beca Fulbright en el Instituto Nacional de Salud, profesor numerario en Weizmann, publicaciones en las revistas de mayor impacto- pero al mismo tiempo era cada vez más evidente que algo no funcionaba en la mente de su hijo. Se pasaba el día estudiando el cerebro, pero no encontraba el modo de ayudar a Kai a manejarse y aprender. Se lo dijo a un periodista de The New York Times este mismo año: “Te sientes impotente. Tienes un niño con autismo y tú, un neurocientífico, no sabes qué hacer”.

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MÁS INFO
» 'The Intense World Syndrome – an Alternative Hypothesis for Autism' ('Frontiers in Neuroscience')
» Entrevista con Henry y Kamila Markram ('Wrong Planet')
» 'The autistic brain', podcast ('Brain Science Pdocast')

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COMENTARIOS

  • Laura Fernández

    Soy
    alumna de primero de la ESO y mi hermano pequeño tiene autismo, la verdad es que al leer el comportamiento de este chico, Kai, lo he relacionado mucho con el de mi
    hermano y tengo que decir que el autismo es una enfermedad de la que se sabe
    muy poco y que la gente que no tiene a alguien con este problema no sabe
    verdaderamente como es (pero eso ocurre con todos los problemas y enfermedades
    la verdad)
    También querría decir que apoyo mucho la causa
    de este hombre, Henry Markram , y espero que se descubra de donde viene de
    verdad este problema.
    Por último querría darle un gran saludo a mi hermano, la personita a la que más
    quiero en este mundo y terminar con una frase relacionada con todo esto:
    El autismo no es la tragedia, la tragedia es la ignorancia.

  • carmen

    en conclusion con estos descubrimiento mencionados como lo aplicamos en nuestros hijos ?