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El naturalista que fue encañonado por falangistas por estudiar insectos

Las asombrosas fotografías de Eugenio Morales, pionero de la conservación de la naturaleza, salen a la luz con motivo del centenario de su nacimiento

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Eugenio Morales, en un campamento del Sahara Occidental en 1943, con una cabeza de arruí en la mano Ampliar

Eugenio Morales, en un campamento del Sahara Occidental en 1943, con una cabeza de arruí en la mano / Archivo EMA/UAM

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La noche del 24 de enero de 1977, unos pistoleros de ultraderecha entraron en el segundo piso de la calle Atocha 55, en Madrid, y asesinaron a cinco personas en un despacho de abogados laboralistas vinculados al Partido Comunista de España. A poca distancia de allí, en el ático, apenas unos metros más arriba pero separado por un abismo intelectual de aquella barbarie, se guardaba casualmente un tesoro científico: el archivo fotográfico de Eugenio Morales (1914-2002), uno de los naturalistas españoles más destacados en el siglo XX y hoy prácticamente olvidado.

Cuidadosamente guardadas en cajas de cartón, encima de la matanza de la calle Atocha descansaban cientos de fotografías en blanco y negro del Sahara Occidental, Marruecos, Nicaragua, México e Irán, países que Morales recorrió de punta a punta, e instantáneas de personajes como el dictador Francisco Franco y el entonces vicepresidente de EEUU Richard Nixon, a los que el naturalista estrechó la mano, siempre entre insectos. Algunas de aquellas imágenes, hoy custodiadas en el sótano de la Biblioteca de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, salen ahora en Materia por primera vez a la luz, con motivo del centenario de su nacimiento, el 15 de marzo de 1914.

“Fue un pionero de la ecología y de la conservación de la naturaleza”, recuerda José Luis Viejo, catedrático de Zoología de la Universidad Autónoma de Madrid. Viejo fue el encargado, tras la muerte de Morales en 2002, de bajar desde el ático de la calle Atocha 55 “medio centenar de cajas a mano, porque no funcionaba el ascensor”. Ahora, sentado en su despacho, muestra algunas imágenes de la asombrosa y desconocida vida de Morales: con un ojo vendado tras la patada de un camello en Marruecos, persiguiendo las nubes de langostas por el Sahara Occidental, apoyado en los toros de piedra que guardaban la capital del Imperio Persa, inspeccionando jaulas de insectos en Managua. Medio millar de estas imágenes aparecerán dentro de unos meses en el libro El archivo fotográfico del Dr. Eugenio Morales Agacino. Cincuenta años de las ciencias naturales en España, coordinado por el propio Viejo y por el historiador Alberto Gomis.

Último miembro de una estirpe

Morales fue, quizá, el último miembro de una estirpe mítica de naturalistas aventureros españoles destruida por la Guerra Civil. En el verano de 1931, cuando todavía era un adolescente en pantalones cortos, Morales se presentó al director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, el ilustre entomólogo Ignacio Bolívar, de 80 años, que le animó de inmediato a dedicarse al estudio de los seres vivos. La conexión entre ambos fue instantánea. Un año después, el 11 de agosto de 1932, el viejo profesor propuso a Morales para participar en una expedición a Marruecos en busca de insectos. Con sólo 18 años, el chaval cruzó el estrecho de Gibraltar y recorrió en auto las solitarias montañas del Rif.

Eugenio Morales (izquierda) en 1943 en Cabo Juby, al sur de MarruecosAmpliar

Eugenio Morales (izquierda) en 1943 en Cabo Juby, al sur de Marruecos / Archivo EMA/UAM

“Bolívar fue el padre espiritual de Eugenio”, recuerda Viejo. Y esa relación explica en parte por qué hoy Morales ha caído en el olvido. Cuando estalló la Guerra Civil en España, el joven Eugenio se alistó en una brigada republicana. Sin embargo, en el frente, cuando no había bombardeos, se dedicaba a recoger insectos del campo para estudiarlos. “Su espíritu militar era cero o menos que cero, y además su familia era más bien de derechas, así que terminó siendo enviado a un batallón disciplinario” en Santa María de la Alameda (Madrid). Allí le pilló el final de la guerra y, tranquilamente, regresó andando a su casa, a unos 50 kilómetros de distancia, en el centro de la capital.

“Cuando volvió al Museo Nacional de Ciencias Naturales en la primavera de 1939, ya no estaba la mayor parte de sus amigos naturalistas republicanos. Sólo quedaba lo peor de lo peor, científicamente hablando. Le prohibieron entrar en el Museo por rojo y por ser amigo de Bolívar”, cuenta Viejo. Los maestros que no habían muerto en la guerra habían huido del ejército franquista. El propio Ignacio Bolívar había escapado a México, donde fundó con otros científicos exiliados la revista Ciencia, prohibida en España por Franco. La luz que había iluminado los laboratorios españoles en las décadas anteriores se apagó con el golpe de Estado de 1936.

“Tú no te examinas, rojo cabrón”

“Cuando en 1940 Eugenio intentó examinarse en la Universidad de Barcelona de una asignatura que le quedaba para terminar la carrera de Ciencias Naturales, un falangista y un militar, ambos armados, le dijeron ‘Tú no te examinas, rojo cabrón’”, rememora Viejo, que en la década de 1990 compartió horas y horas de conversación con un Morales ya anciano pero extraordinariamente activo.

Morales, con bata blanca, y el dictador Francisco Franco en la inauguración de las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, en 1954Ampliar

Morales, con bata blanca, y el dictador Francisco Franco en la inauguración de las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, en 1954 / Archivo EMA/UAM

El propio Morales dejó escritos algunos de estos episodios de amenazas en una monumental autobiografía sin publicar que dictó a su nieta. El documento, multicopiado como regalo a sus amigos y familiares, lleva por título Memorias de un español de a pie. “Una buena mañana me encontraba enfrascado en el laboratorio número 32 del Museo, clasificando unos insectos, cuando de pronto irrumpen en él tres falangistas que me interpelan con dureza e insultos y me ordenan abandonar de inmediato el Museo. Yo me niego en rotundo, forcejeo con ellos y caigo al suelo, me levanto y me encuentro encañonado por un par de pistolas. Ante esta insólita amenaza no me queda otro remedio que abandonar el local y dirigirme a mi domicilio”, escribió.

“Eugenio Morales no es más conocido porque le tocó vivir un cierto aislamiento en la España de la posguerra y porque en este país no se hace caso a ningún científico, aquí no hay cultura científica”, lamenta el historiador de la ciencia Alberto Gomis, de la Universidad de Alcalá de Henares. Pero pese al intento de marginación por parte de algunos de sus colegas, Morales se apañó para emprender varias expediciones más a Marruecos y al Sahara Occidental, sobre todo con el fin de estudiar las devastadoras plagas de langosta, en los primeros años de la década de 1940. Allí, el día después de la Navidad de 1945, en un lugar costero del desierto saharaui llamado Gleib-Amu, el equipo del naturalista español descubrió una numerosa colonia de focas monje, posiblemente la más nutrida de esta especie hoy considerada en peligro de extinción.

“Acudid al campo, esté lejos o cerca”

“Una vez Eugenio me dijo: ‘Ahora van tan de prisa que no ven nada’. Se refería a que al desierto hay que ir con el camello y andando, no con el Land Rover”, recuerda Gomis. Aquel Morales anciano que conoció el historiador lucía en el dedo índice de su mano derecha la marca de una mordedura de una serpiente venenosa que sufrió en el golfo de Choluteka (Honduras). Era el testimonio de su nombramiento por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) como responsable de la lucha contra la langosta migratoria en los países centroamericanos entre 1951 y 1955. En 1967 repitió puesto en Irán.

Morales describió 20 especies de insectos de la familia de las langostas desconocidas para la ciencia

En 1995, Viejo y otro colega propusieron a Morales para ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Madrid. Tras meses de silencio por parte de la institución, los profesores averiguaron que la comisión designada al efecto no acababa de ver los méritos del anciano naturalista. De inmediato, Viejo y su compañero solicitaron muestras de apoyo. Y en menos de dos semanas tenían una pila de cartas y telegramas de científicos e instituciones de medio mundo, como la FAO, el Museo Británico y el Museo de París, que aplaudían el currículo científico de aquel sabio de otro tiempo.

A lo largo de su vida, había descrito una subespecie de gacela norteafricana nueva para la ciencia, además de dos especies de roedores y 20 especies de insectos de la familia de las langostas. También fue uno de los 84 socios fundadores de la organización conservacionista SEO/Birdlife. El 5 de junio de 1998, Morales, que nunca llegó a doctorarse, fue por fin investido doctor honoris causa. “Ánimo pues y acudid al campo, esté lejos o cerca, que así es como se complementa cuanto de formativo os dio el laboratorio”, exhortó a los alumnos.



La merluza guisada que facilitó el nacimiento del Parque Nacional de Doñana

“Eugenio alguna vez nos refirió que probablemente parte de la culpa de la compra del Coto de Doñana para su posterior declaración como Parque Nacional la tuvo una magnífica merluza guisada ese día por su querida esposa Lala”, recordaba el catedrático José Luis Viejo en una pequeña biografía del naturalista publicada en 2006 por la Universidad Autónoma de Madrid. El día al que se refería era uno de junio de 1961, cuando se reunieron en su casa algunos de los propietarios de las fincas, el duque de Algeciras y el Marqués del Mérito, y los naturalistas José Antonio Valverde y Francisco Bernis, además de Peter Scott, hijo del célebre explorador del Polo Sur y representante de la organización conservacionista WWF.

“Su labor y aportación en la creación de áreas, refugios y zonas naturales protegidas siempre ha sido muy activa y decisiva, a pesar de que su participación quedaba la mayoría de las veces en el anonimato”, afirmaba uno de sus hijos, José María Morales Oñate, en la biografía de 2006. “Como ejemplo recuerdo la creación del Parque de Doñana como estación biológica: mi padre supo reunir a todas las partes involucradas para llegar a un acuerdo que permitiera su fundación”.



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