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Por qué creemos en teorías de la conspiración

La creencia en conspiraciones se encuentra a medio camino entre el escepticismo que no se queda solo en las apariencias y el pensamiento religioso que acepta hechos increíbles a cambio de una historia que da un sentido total a la vida

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Mucha gente aún cree que imágenes como esta de Buzz Aldrin en la Luna fueron rodadas en un estudio de California / NASA

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Hace unos días, la cadena de televisión La Sexta emitió lo que parecía un documental que iba a contar la verdad sobre lo sucedido en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. En él, se daba a entender que toda una serie de celebridades políticas y mediáticas del más diverso pelaje habían participado en un complot para escenificar una asonada ficticia que fracasase y desanimase a futuros golpistas. El grupo de conspiradores, que no se caracteriza precisamente por aborrecer la atención mediática, había sido capaz de mantener el secreto durante más de treinta años, pero había decidido que era hora de contarlo todo.

Entre los selectos miembros de este comando intelectual se encontraban desde Joaquín Leguina, político de izquierdas que ha acabado siendo un referente para los medios de derechas, hasta Jorge Verstrynge, un ex secretario general de la derechista Alianza Popular que ha acabado diciendo que la única constitución verdaderamente democrática es la de Hugo Chávez. Para controlar a todo este grupo, en el que también se encontraban periodistas como Iñaki Gabilondo o Luis María Ansón, se escogió al director de cine José Luis Garci. Pese a lo descabellado del planteamiento, muchas personas creyeron que aquello era cierto, incluidos algunos políticos que aspiran a liderar la sociedad.

La tendencia a creer en teorías de la conspiración es un fenómeno muy humano, a mitad de camino entre el escepticismo, que trata de ir más allá de las apariencias que engañan, y el pensamiento religioso, que tiende a aceptar como verdades narraciones en las que, si uno no se para a analizar detalles y contradicciones, parece que todo encaja. El filósofo Karl Popper, probablemente la primera persona que empleó el término “teoría de la conspiración”, planteaba que esta visión, en la que todo lo que sucede en la sociedad es resultado de los designios directos de algunos individuos o grupos, es fruto de la secularización de las supersticiones religiosas. “El lugar de los dioses del Olimpo de Homero, [que intervenían en el mundo y hacían que todo lo que sucedía tuviese una intención y un porqué], lo ocupan ahora los Sabios de Sión, los monopolistas, los capitalistas o los imperialistas”, escribía Popper.

Un tercio de los españoles creía en 2006 que ETA fue responsable de los atentados del 11-M

En los 60, Richard Hofstadter, uno de los primeros estudiosos de este fenómeno, atribuía la creencia en este tipo de teorías a una enfermedad mental. Ese planteamiento, sin embargo, parece difícil de sostener ante los elevados porcentajes de aceptación de muchas teorías conspiratorias que contradicen la versión oficial sobre casi todos los temas medianamente importantes. Un tercio de la población española, por ejemplo, creía en 2006, según una encuesta del diario El Mundo, que la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid correspondía a ETA. Pese al consenso científico sobre el origen humano del cambio climático, más de la mitad de los estadounidenses lo ponen en duda y algunas encuestas indican que hasta el 36% de los ciudadanos de ese país sospecha que su Gobierno organizó o no hizo nada para evitar los atentados contra las Torres Gemelas con el fin de tener una excusa para bombardear Afganistán e Irak.

Algunos investigadores han observado que esta necesidad de creer en teorías conspirativas puede estar relacionada con sensaciones de impotencia o desamparo, en particular ante algunas catástrofes. Planteamientos espectaculares y redondos, aunque sin pruebas o incoherentes, como la historia de un Dios hijo de una virgen que tiene un plan para nosotros o la idea de un Gobierno que asesina a cientos de sus ciudadanos para poder invadir otro país, pueden servir para proporcionar certezas en un momento de caos. El análisis de la realidad, que suele incluir imprecisiones y lagunas, tiene con frecuencia dificultades para competir ante fantasías verosímiles que parecen explicar cada una de esas lagunas. Estudios recientes han mostrado, por ejemplo, cómo la superstición nos ayuda a hacer frente a la incertidumbre.

Hay quien cree que a Lady Di la mandó matar el Gobierno y al mismo tiempo que ella escenificó su muerte

Otra de las explicaciones que sirven para entender el gusto por las teorías conspirativas es la escasa información que maneja sobre casi todos los temas la mayoría de la gente. Investigadores como Cass Sunstein y Adrian Vermeule, de la Facultad de Derecho de Harvard (EEUU), han planteado que “quienes creen en teorías de la conspiración pueden estar respondiendo lógica y racionalmente a la poca información que reciben, incluso aunque esa información parezca absurda en relación a un conocimiento más amplio y disponible para el público”. Sobre este punto, investigadores de la Universidad de Bamberg (Alemania) observaron que cuando se incluían explicaciones extremas sobre un hecho, estos planteamientos empujaban a los participantes en el estudio a otorgar menos credibilidad a la información oficial.

La maldad intrínseca del que manda

Una particular visión sobre la maldad intrínseca de las autoridades y todo lo que lleve la etiqueta de oficial es otro de los rasgos que pueden estar detrás de este fenómeno. Investigadores de la Universidad de Kent liderados por Michael Wood vieron cómo los sujetos que creían en una teoría conspirativa tenían más tendencia a creer en otra, incluso aunque fuese contradictoria. Para comprobar si estas creencias eran lo bastante fuertes como para provocar incoherencias, los investigadores preguntaron a un grupo de 137 estudiantes lo que pensaban sobre el asesinato de Diana de Gales. Los que más convencidos estaban de que se trataba de un plan de los servicios de inteligencia británicos para matarla también tenían más probabilidades de creer que la propia Diana organizó su propia muerte para desaparecer del foco público. Parece que para ellos, Diana estaba al mismo tiempo viva y muerta.

Wood y sus colegas observaron que una vez que alguien cree que una conspiración de las dimensiones necesarias para organizar los atentados de las Torres Gemelas puede ejecutarse sin que absolutamente nadie se vaya de la lengua, cualquier complot de este tipo resultará verosímil. Este tipo de disposición mental explicaría que quienes creían, por ejemplo, que el Gobierno británico mató a Diana soliesen creer también que el VIH fue creado en un laboratorio, que la llegada del hombre a la Luna fue un bulo o que las autoridades nos ocultan encuentros con extraterrestres.

Las pruebas que confirman los prejuicios se aceptan de forma acrítica, pero las contrarias se analizan con dureza

La creencia o no en las teorías de la conspiración muestra cómo solemos agarrarnos a nuestras ideas preconcebidas independientemente de las pruebas que se nos muestran. John McHoskey, de la Universidad de Michigan Oriental, ha mostrado cómo cuando se nos presentan pruebas que apoyan nuestro punto de vista habitual las aceptamos de forma acrítica mientras que cuando las evidencias amenazan con sacarnos de nuestro prejuicio las escrutamos con ahínco y buscamos información que las desacrediten.

Las investigaciones han mostrado efectos negativos de las teorías conspirativas. Por un lado, quienes las creen suelen alejarse de la participación política y hacen una crítica simplista de la autoridad. Además, este tipo de cuestionamiento sin matices a todas las explicaciones que lleguen desde una posición de autoridad empeora la calidad del debate y la posibilidad de que de él salgan conclusiones prácticas.

Hay conspiraciones verdaderas

Sin embargo, la existencia de verdaderas conspiraciones, como la trama de espionaje masivo del Gobierno de EEUU destapada por Edward Snowden, muestra que no se pueden meter todas en el mismo saco. Además, otros investigadores, como Viren Swami, de la Universidad de Westminster, han observado una correlación entre la tendencia a buscar conspiraciones y rasgos positivos como la curiosidad intelectual, una imaginación activa o una afinidad por las ideas nuevas.

Uno de los aspectos más difíciles del estudio de este tipo de planteamientos es la dificultad para distinguir entre una teoría de la conspiración y la atención a las conspiraciones políticas reales. En este sentido, uno de los rasgos que definen a las primeras es la dificultad para poner a prueba su veracidad, con nuevas explicaciones y una acumulación de datos anecdóticos que vuelven a remozar la teoría cada vez que aparecen pruebas que no se acomodan a la teoría original.

Las teorías conspirativas pueden ayudar a mejorar la transparencia de los Gobiernos

Un ejemplo de estas informaciones es el caso de la supuesta tarjeta del Grupo Mondragón del País Vasco que se encontró en una furgoneta relacionada con los atentados del 11-M. Aquella supuesta prueba, anecdótica, servía a los partidarios de la conspiración para relacionar la furgoneta con Euskadi y culpar a ETA de los atentados. Cuando, en lugar de una tarjeta del grupo empresarial, se supo que el objeto hallado en la furgoneta era una cinta de la Orquesta Mondragón, la teoría no sufrió, porque era solo una de muchas anécdotas de un significado supuestamente enorme, pero perfectamente sustituibles.

Según Steve Clarke, las teorías conspirativas, con sus límites, pueden ser beneficiosas porque revelan anomalías en las explicaciones oficiales de los hechos y demandan más transparencia de los gobiernos. Para que este valor no fuese, como muchas pruebas que sostienen conspiraciones, anecdótico, sería necesario que pudiesen ponerse a prueba, como sucede con las teorías científicas, y que quienes las sostienen fuesen conscientes de cuáles son los hechos que prefieren que sean reales, para analizar las pruebas que los refutan con la misma dureza que diseccionan los que los confirman.

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COMENTARIOS

  • 4lex

    Documentarse bien es trabajoso, y aprender a documentarse bien es difícil, pero evita algunos de estos problemas: “Si este bulo te indigna, comparte”
    http://www.lamarea.com/2014/02/17/si-este-bulo-te-indigna-comparte/

  • Cristian

    Pero, el manejo de la informacion y su clasificacion siempre fue potestad de las instituciones mas poderosas, de hecho la historia esta plagada de acontecimientos que fueron perpetrados en medio de conspiraciones. Creo que hay (como en todo exageraciones o extremos) Pero por cuestiones de “Intereses” bien puede y de hecho existen instituciones, organismos gubernamentales, agencias, empresas etc, que operan en el mas estricto circulo de silencio a la postre de lograr sus cometidos, No creo que se deba menos cavar tanto al que sospeche, ahora, bien, hacer de la sospecha un hecho y documentarlo falsamente, bien podria ser propio de un acto de insania mental.

  • jkarl

    Sr. Daniel:

    Me temo que usted parte de suponer que usted ya sabe qué es creíble y qué no, y cuándo unos datos que se dan como pruebas, son suficientemente razonables y decisorios para creer, y cuándo no. Pues bien, ese presupuesto que usted aquí aire de forma tan poco científica (ni siquiera es razonable), se puede ver en estas líneas extraídas de éste su poco fundamentado artículo, lleno de adjetivos como “fantasioso” y demás. No por más adjetivos, se razona mejor. Casi al contrario. Le cito:

    “Planteamientos espectaculares y redondos, aunque sin pruebas o
    incoherentes, como la historia de un Dios hijo de una virgen que tiene
    un plan para nosotros o la idea de un Gobierno que asesina a cientos de
    sus ciudadanos para poder invadir otro país, pueden servir para
    proporcionar certezas en un momento de caos.”

    Ya ve, usted está poniendo en el mismo nivel un dogma religioso que contradice lo racional y una especulación que, no sólo no contradice lo que suelen ser (lamentablemente) los hechos en la política imperialista de los EE UU desde el siglo XIX, sino que está servida por multitud de datos verificadores. Ya ve: usted pone merinas y churras en el mismo nivel. Muy poco científico por su parte (y citar a Popper, duscutibilísimo (como todos, claro) filósofo de la ciencia metido en aguas ético-políticas, y adalid del pensamiento socio-liberal en materia política, antimarxista consumado, modelo del “correctismo político”, si se puede decir así, tampoco).

    ¿Es
    simplemente paranoide pensar que John F. Kennedy fue asesinado por una
    conspiración de la CIA? Ver la estupenda película JFK y al menos hará pensar.

    ¿Es sólo paranoia pensar que, dadas las tremendas oscuridades que están
    presentes en el informe oficial y el proceso de su redacción y
    publicación, el 11S puede tener causantes dentro de la administración
    Bush jr. y la CIA? Ver el film Zeitgeist (la segunda mitad) que se
    encuentra en YouTube (tendendencioso, sí, pero afín a la crítica contra los dogmas religiosos no menos que usted (o yo), y que expone una avalancha de datos que por lo menos, por su número y a veces plausibilidad, hacen pensar). O sin ir más lejos, el documental del oscarizado
    Michael Moore 9/11 que pasó por las pantallas españolas.

    Usted pone en el mismo nivel teorías conspiratorias
    CON base, y teorías conspiratoras SIN base razonable. Tan estúpido es creer en
    teorías sin fundamentos, como dejar de creer teorías con fundamento, sólo
    porque contradicen versiones oficiales. Lo que hay que hacer es leer y
    pensar más por cuenta propia, que en este país aún se estila poco.

    Es de pretender que un ensayo de pensamiento contra la humana tendencia a creer lo que ya se está dispuesto a creer (como el que usted publica aquí), hubiese estado más fundamentado en razones, y menos en opiniones no argumentadas. No deja de ser gracioso que su texto contra la ingenuidad y el dogmatismo sea él mismo un ejemplo de ella.

    Saludos

    • 17

      La gente que no cree en la religión católica a veces es por necedad; pero muchas veces es simplemente porque le falta información (acerca de milagros comprobados, como en el caso del manto de la Virgen de Guadalupe, por ejemplo) y amor.
      Dios les bendiga y les ilumine, y Santa María les guíe hacia Él.

  • jkarl

    Parece ignorar el articulista (al menos no la consigna, y es casi ya vox populi en España para qien lee un poquito) que la teoría que otorga autoría a ETA fue construida por Aznar y su ministro de interior en aquel momento, que vegonzosamente repitieron en televisión, ad nauseam, su mezquina mentira y presionaron a directores de periódicos a plasmarla en sus portadas. Todo por su miedo a perder las elecciones (miedo, éste sí, fundado, y ganado a pulso por su fechoría en la intervención demencial en Irak). Supongo que al autor, Daniel, lo que le interesa es que la gente como él, como yo, o como cualquiera, se comporte “científicamente”. Lo malo es que no ha leído suficientemente a Kuhn y quizás demasiado “feligrésmente” a Popper. El primero razona cómo en la historia de la ciencia los científicos NO son modelo de progresismo (ni falsacionismo, pues tienden a defender con más fuerza lo que ya está aprobado y muestran siempre muchas dificultades y obstáculos a poner en duda sus teorías aunque los hechos que las discuten se les impongan a ojos vistas). Mala manera de defender la ciencia y la “razón” pretender que la “ciencia” (dicha así, en abstracto, como la defiende aquí Daniel) es modelo de neutralidad y razonabilidad. Lea a Kuhn un poco más. Y un poco mejor. Y se (nos) hará un favor, porque usted mismo empezara a saber lo mucho que aún tiene que aprender la comunidad científica (no en abstracto: la existente) de los pensadores.

    (PD. Soy agnóstico y pensante por oficio y vocación. Alejo, epsero, la tendencia fácil a desprestigiar como “creyente” o “fundamentalista” a todo aqué que osa discutir el carácter sagrado (qué contradicción) que algunos, como Daniel, le suponen a la ciencia.)

    Saludos