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“La ciencia no puede decidir si hay que abandonar o no la energía nuclear, eso es cuestión de los políticos”

Masuo Aizawa, consejero del presidente de la Agencia de Ciencia y Tecnología de Japón ofrece su particular visión sobre los éxitos y los retos de la I+D de su país

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“¿Has visto Lost in Traslation?”. En la película de Sofia Coppola, el personaje interpretado por Bill Murray se enfrenta a un situación en la que las preguntas y las respuestas, intérprete mediante, no siguen la lógica habitual de una conversación entre personas de culturas más próximas. La pregunta de una trabajadora de Casa Asia al periodista tras la entrevista con Masuo Aizawa, consejero del presidente de la Agencia de Ciencia y Tecnología de Japón (JST) y anterior asesor del primer ministro de Japón en materias de ciencia y tecnología, dejaba claro que la distancia cultural había creado algunas situaciones levemente surrealistas parecidas a las de una película que, en parte, hace humor a costa del choque de civilizaciones. Una metáfora, quizá, sobre la dificultad que existe en ocasiones para trasladar entre países modelos de políticas científicas de éxito.

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Masuo Aizawa durante su conferencia en la Fundación Ramón Areces / Fundación Ramón Areces

Aizawa se encontraba en Madrid en un acto organizado en el marco del Año Dual Japón-España. Unos minutos después iba a pronunciar en la Fundación Ramón Areces la conferencia Ciencia, Tecnología y Políticas de Innovación en Japón: lecciones y buenas prácticas en un acto organizado junto a Casa Asia. En esa dirección, la conversación comenzaba recordando las últimas medidas del Gobierno del país para incrementar el presupuesto dedicado a ciencia y tecnología. ¿Significa esto un cambio de política de este Gobierno, que llegó al poder en diciembre del año pasado? Aizawa, que fue asesor del anterior primer ministro, lo niega. “En lo que respecta al presupuesto de ciencia y tecnología, tenemos un plan básico que se formula cada cuatro años y en ese plan básico se explicita que hay 25.000 billones de yenes (unos 185.000 millones de euros) para cinco años, lo que son unos 37.000 millones de euros al año, y eso no cambia aunque el primer ministro cambie”, explica. “Lo que ha sucedido es que hemos tenido un presupuesto suplementario que ha excedido esa cifra”, añade. ¿Nunca hubo planes para recortar fondos en ciencia, como publicaron revistas como Nature? “No”, mantiene Aizawa.

Después de los recortes, Fukushima. Una reciente encuesta de la JST, en la que Aizawa tiene importantes responsabilidades, concluía que el 64% de los investigadores del país no comunica sus resultados fuera de la comunidad científica. Este dato sugería que la demanda del Gobierno a los investigadores para acercar al público la ciencia realizada con fondos públicos, en particular a partir del tsunami y el accidente posterior de la central nuclear de Fukushima, no había tenido demasiado éxito. ¿Existe un alejamiento entre la comunidad científica y el pueblo japonés? De nuevo, Aizawa niega. “No creo que eso sea así. La comunidad científica está muy cercana al público”, asegura. “El problema es, quizá, la gente que hace las políticas y la gente que ejecuta las políticas, que quizá sí estén alejados del público”, concluye. Y en una respuesta genérica que no explica el significado de los datos obtenidos por una encuesta que realizó su institución afirma que “el accidente en Fukushima es difícil de tratar para todo el mundo, no solo para los científicos sino para todos los involucrados y por eso creemos que tenemos que pensar qué es lo correcto hacer en ese tipo de situaciones y estamos teniendo una discusión muy seria al respecto”.

“Los jóvenes investigadores japoneses no salen al exterior por miedo a no encontrar trabajo al volver”

Por buscar la concreción, ¿cuál es la opinión de un asesor del nivel de Aizawa sobre el posible abandono de la energía nuclear en Japón? ¿Qué consejos ofrecen los científicos del país sobre un problema de tal calibre? “La ciencia no puede decidir si hay que abandonar o no la energía nuclear, eso es cuestión de los políticos”, afirma. “Después, con esa información, los científicos tienen que trabajar para llevar a cabo el plan fijado por estos políticos”, añade. ¿Pero los políticos tomarán su decisión con información que les hayan proporcionado, entre otros, los científicos? No. ¿Y eso está bien? “El asunto no es tan simple. Tenemos una política energética en todo Japón, una política basada en la propuesta del comité de energía al primer ministro. Después, el primer ministro toma una decisión, pero si estamos preocupados con la energía nuclear deberíamos pensar sobre muchos factores y eso significa que debemos proponer varias opciones. Podemos plantearnos tener un determinado porcentaje de energías nucleares o, si abandonamos completamente la energía nuclear, encontrar otra forma de lograr energía. La decisión final debería depender en ese tipo de conocimientos y la visión política debería estar asociada con la decisión”. Aizawa sigue sin mojarse sobre lo que piensa como científico sobre el reto energético, pero tranquiliza al sugerir que, posiblemente, y aunque él parezca dejar a la ciencia una tarea instrumental al servicio de los políticos, la toma de decisiones de Japón se basa en el conocimiento de expertos. Lo que parecía un sistema demencial es solo un “lost in translation”, el fruto de una brecha cultural que a veces puede provocar malentendidos.

La energía solar y la nanotecnología son dos áreas clave de cooperación entre Japón y España

Es posible que esta lejanía haga que no sea fácil entender la convivencia de lo que se consideran defectos en los sistemas de ciencia de Japón y el éxito del país pese a los altibajos de la última década. En las universidades, un sistema excesivamente jerárquico, que en ocasiones se atribuye a una herencia del respeto del confucianismo por la autoridad, hace que los jóvenes investigadores no tengan toda la iniciativa personal deseable ni los alicientes para contradecir a sus jefes. Aizawa cree que este rasgo es algo del pasado, pero la búsqueda de un entorno menos rígido es uno de los motivos que ha llevado al Gobierno japonés a invertir más de 1.000 millones de dólares en construir el Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa, una institución que pretende llevar a investigadores líderes de todo el mundo para crear un entorno más favorable a la creación científica.

Otro de los motivos de la puesta en marcha de este instituto es el poco interés de los jóvenes japoneses por marchar al extranjero a ampliar sus capacidades como científicos. Frente al 28% de los doctorados concedidos en EEUU entre 1996 y 2007 a estudiantes chinos, el 11% a indios o el 9% a coreanos, los japoneses solo representan el 2%. “Los jóvenes japoneses tienen miedo a no encontrar trabajo cuando vuelvan si van al extranjero”, justifica Aizawa. El instituto de Okinawa, que atraerá a investigadores de todo el mundo, sería una forma de llevar el extranjero a Japón para combatir esa reticencia y sus efectos negativos para la ciencia del país. Habrá que ver ahora si el centro de Okinawa, que está más cerca de Shangai que de Tokio, calma las ansiedades de los jóvenes investigadores japoneses sobre su futuro.

Como retos para los próximos años en Japón Aizawa destaca la lucha contra el envejecimiento y la innovación en las energías renovables, en particular la solar, un ámbito en el que cree que se pueden encontrar importantes puntos de colaboración con España, “un país muy potente en este sector”. La nanotecnología es una segunda área en la que pueden cooperar con beneficio mutuo los dos países. Las guías de la política científica en Japón son, en cualquier caso, los retos sociales y no las disciplinas científicas. “Nos fijamos en esos retos y tratamos de integrar todos los conocimientos o nuevas investigaciones para afrontarlos. Esa es nuestra nueva política”, concluye.

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