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OPINIÓN

Invertir y gastar: presupuestos y culturas de la crisis

por María Jesús Santesmases


La autora critica la pérdida de conciencia de que los grandes avances técnicos, como la penicilina o los fármacos que salvan la vida a millones de infectados con el VIH, fueron fruto de una investigación pública, alimentada por el impulso de saber y no el de lograr beneficios empresariales a corto plazo

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Desde la explosión de la biotecnología en la década de 1980 el capital se puso en marcha, cartera en ristre, para vestir al mercado de nuevos logros científicos, y para vestir a la investigación con las ropas del mercado. En ese proceso, la investigación experimental renovó su popularidad, al menos en la bolsa. Se hizo productiva, prometedora y valiosa, y aparentemente atravesó la frontera que con tanto cuidado había dibujado Robert Merton entre el mercado y la ciencia.

Los logros de productos milagrosos con efectos extraordinariamente benignos para la salud y el bienestar de la ciudadanía, para afrontar epidemias y otras lesiones menos generales de la salud de las personas, proceden, sin embargo, la mayoría, de investigaciones deslabazadas, nada compactas, ajena a objetivos prefijados. La crisis de los setenta –también del siglo pasado– que fue el origen de esta ansiedad por los resultados de las investigaciones de los laboratorios manifestó su crudeza a consecuencia de una gran crisis económica que hizo época, la del petróleo.

La inhibición de la actividad de la transcriptasa inversa, que permitía que el ARN viral se introdujera en el ADN de la célula a cuya costa infectaba, fue un producto de la investigación de la década de 1970 sin atributo médico. Más bien sus efectos se concentraron en un problema asociado: que el ARN podía influir en la producción de ADN, lo que podía contradecir el gran dogma de la biología molecular que había colocado al ADN en lo más alto de las jerarquías biológicas. Pero resultó que el efecto más conmovedor de aquella actividad antidogmática contribuyó a hacer del sida una enfermedad crónica.

Si el mercado es lo normal, la investigación sería lo patológico: gasta sin resultado económico inmediato

Por no mencionar la penicilina, que curó apenas un puñado de heridas en Inglaterra y después en Estados Unidos el esfuerzo de la guerra movilizó tal cantidad de recursos en torno a esos resultados que para 1945 las heridas de guerra ya no eran una de las principales causas de muerte en el frente. Entre el nacimiento de la penicilina y el de la transcriptasa inversa transcurrió el periodo más boyante del gasto en investigación.

Ese gasto, cuya dimensión en la salud pública no puede negarse, sería hoy denominado inversión, por los efectos benignos que ha producido y no solo en los cuerpos salvados de gentes enfermas de todas partes, sino en las ganancias que ha generado su producción.

La cultura debería tomarse como inversión –moviliza la economía, el mercado, el empleo y contribuye a las ganancias por turismo, se dijo alguna vez– aunque la gestión que de esta crisis hace la autoridad política la ha devuelto al gasto. Por lo mismo, la investigación experimental ha quedado en gasto. Gastar e invertir se articulan como dicotomía, otra más. Si se dedica a la investigación del sistema público es gasto; si se emplea en empresas, se toma como inversión. Pero las empresas investigan en buena parte apoyadas en sistemas públicos de investigación con los que intercambian saberes y prácticas y de los que reciben partidas de presupuesto.

Las grandes empresas de hoy tienen una deuda con los hallazgos logrados en los laboratorios públicos

Si el mercado es lo normal, la investigación sería lo patológico: gasta sin resultado inmediato capturable en beneficios para la economía del cambio técnico. La política económica –compartimos ministerio con Economía, no se olvide– podría comerse a la política científica con las vistas cortas puestas en el plazo también corto que busca resultados previsibles en una Europa que deslocaliza por traslado a países de mano de obra más barata un porcentaje altísimo de la producción industrial. Pero las grandes empresas de hoy tienen una deuda con hallazgos sonados de laboratorios llenos de piezas de vidrio. La confianza en los experimentos llevó al aumento escalar: en contenedores más grandes, las cantidad de reactivos y productos se multiplicó por mil, por un millón, a la espera de que la eficiencia se multiplicara también y con ella los beneficios.

Como otras empresas culturales, la de la investigación exige inversiones arriesgadas y un cierto gusto por el saber que parece haber desaparecido de las mentes dirigentes de nuestro tiempo, que relega valores ilustrados. Además de en crisis, esta es una época lánguida, cuyos sistemas educativos públicos se desconchaban y cuyos sistemas nacionales de salud se deshilachaban mucho antes de que la crisis fuera oficial y mientras se borraba el rastro del estado de bienestar. Llegado el momento de renovar códigos por la falta de liquidez, un nuevo documento, denominado estratégico, el Plan Estatal de Investigación del Gobierno dice en su texto que la excelencia contribuirá a superar esta crisis. Y la internacionalización, se añade. La falta de liquidez, tozuda, dificulta lo uno –aunque la investigación es, como dijo Cristóbal Torres, una actividad de devoción– y lo otro, pues el impago de las contribuciones a los organismos europeos que reparten excelencia y financiación para la investigación detiene la cadena de procedimientos; paraliza la ejecución de políticas y exhibe el escaso apoyo político a la investigación en España. Mientras se esperan tiempos más prósperos, la gestión política del desamparo merece unas palabras, en estos tiempos de disolución de la dicotomía inversión o gasto, cuando ninguna de las dos parece posible para los presupuestos públicos.

— María Jesús Santesmases, Investigadora en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC, Madrid

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