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OPINIÓN

Ciencia y letras: un divorcio infeliz

por Carlo Frabetti


El autor, escritor y matemático, cree que el divorcio entre “ciencias” y “letras” ha perjudicado a ambos, y que “nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado”. Cree que se debe a la excesiva especialización en el trabajo, “que conlleva una especialización paralela en el conocimiento”

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(Resumen de la ponencia presentada en la mesa redonda ‘Ciencia y Literatura’, en el Museo de la Ciencia de Valladolid, el 12 de noviembre de 2013)

En su sentido más amplio, tanto “ciencia” como “literatura” son términos que abarcan casi todo lo relativo al saber, y que por tanto vendrían a significar prácticamente lo mismo. Etimológicamente, ciencia (del latín scientia: saber) es sinónimo de conocimiento, y la literatura (del latín littera: letra) incluye todo lo escrito, que es casi todo lo que sabemos. Sin embargo, en su acepción común, se han convertido en términos poco menos que antitéticos, y este divorcio entre “ciencias” y “letras” perjudica a ambos hemisferios culturales. Nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado.

El desinterés de la gente de letras por la ciencia suele ser mucho mayor que el de la gente de ciencias por la literatura

Pero hay que señalar que la situación no es tan simétrica como sugiere la imagen de los dos hemisferios. Por una parte, el desinterés de la gente de letras por la ciencia suele ser mucho mayor que el de la gente de ciencias por la literatura (conozco a no pocos escritores que no tienen la menor idea de física o matemáticas, pero no conozco a ningún científico que muestre el mismo desdén por la literatura).  Por otra parte, la ciencia avanza cada vez más deprisa, mientras que la literatura convencional está cada vez más estancada, hasta el punto de que hace ya varias décadas que se viene hablando de la muerte de la novela o el agotamiento de la poesía.

En cualquier caso, hay que preguntarse a qué se debe el lamentable divorcio entre ciencias y letras (divorcio, sí, pues en sus orígenes estuvieron tan unidas como la filosofía y la geometría en la Academia de Platón). Y aunque las razones seguramente son muchas y complejas, la causa última hay que buscarla en el tipo de relaciones de producción e intercambio que rigen nuestra sociedad.

En una sociedad basada en la explotación, la competencia exacerbada y el despilfarro, la educación y la industria cultural no tienden a formar a personas sabias y reflexivas

En una sociedad basada en la explotación, la competencia exacerbada y el despilfarro, la educación y la industria cultural no tienden a formar a personas sabias y reflexivas, sino a convertirnos en productores rentables y dóciles consumidores de baratijas (incluidas las baratijas culturales, pues en un mundo-mercado la cultura es una mercancía más). La excesiva especialización en el trabajo conlleva una especialización paralela en el conocimiento, y de ahí la fragmentación cultural típica de nuestra sociedad, una fragmentación cuya expresión más evidente es la profunda brecha que se abre entre ciencias y letras. Por tanto, los divulgadores científicos y, en general, quienes luchamos contra la esquizofrenia cultural, hemos de tener claro que nuestra batalla es, en última instancia, una batalla política, que se inscribe en la lucha por la transformación radical de una sociedad desquiciada e injusta.

La otra noticia

Hace unos años tuve el privilegio de compartir un fin de semana en Atapuerca con las mismas personas con las que hoy tengo el privilegio de compartir esta mesa redonda: mis admirados colegas José María Bermúdez de Castro, Miguel Delibes de Castro y Manuel Lozano Leyva, y la periodista Patricia Fernández de Lis, entonces directora de la sección de ciencias del desaparecido diario Público, en el que nosotros cuatro publicábamos sendas columnas semanales bajo el epígrafe común La ciencia es la única noticia. Hablamos, naturalmente, de divulgación científica, y en un momento dado Miguel (que ha heredado de su ilustre padre la rara habilidad de llamar a las cosas por su nombre) condensó la esencia de nuestra misión como divulgadores en una fórmula con la que todos nos identificamos inmediatamente: defensa de la racionalidad.

Los divulgadores científicos hemos de tener claro que nuestra batalla es, en última instancia, una batalla política

A primera vista podría parecer que plantearse la divulgación científica en esos términos “militantes” es irse por las ramas, pero en realidad es todo lo contrario. Porque las ramas, en todo caso, son los temas concretos que abordamos los divulgadores: el origen del hombre, la biodiversidad, la formación de las estrellas… El tronco es el propio método científico. Y la raíz del árbol de la ciencia es la racionalidad.

La actividad mental del ser humano se debate, como dijo Hölderlin, entre la reflexión y el mito. Durante mucho tiempo, el mito ha prevalecido sobre la reflexión, le ha puesto límites, incluso la ha perseguido; pero los filósofos de la antigua Grecia iniciaron (al menos en Occidente) un proceso imparable, que se consolidó en el siglo XVII con la eclosión de la ciencia en el actual sentido del término. Una parte importante de la humanidad apuesta hoy por la razón, por la racionalidad, y la racionalidad es enemiga de los dogmas, los infundios y las supercherías. Y también de los abusos. Porque la racionalidad desmonta cualquier pretensión de superioridad de unos países sobre otros, de unas etnias sobre otras, de un género sobre otro. La racionalidad no admite justificaciones como “las guerras son inevitables” o “siempre habrá ricos y pobres”.

La única gran noticia que no depende (solo) de la ciencia es la voluntad de hacer que esos cambios beneficien a toda la humanidad

Por eso Marx y Engels intentaron (aunque solo lo consiguieran a medias) articular su propuesta de transformación del mundo alrededor del concepto de “socialismo científico”. Y por eso, en un sentido a la vez radical y poético, la ciencia es la única noticia: porque, como máxima expresión y máxima defensora de la racionalidad, propicia las demás noticias verdaderas, los verdaderos cambios. La única gran noticia que no depende (solo) de la ciencia es la voluntad de hacer que esos cambios beneficien a toda la humanidad y no exclusivamente a unos pocos, así como la lucha en la que esa voluntad se concreta. La otra noticia es la revolución.

— Carlo Frabetti, Escritor, matemático y guionista. Miembro del Consejo Editorial de 'Materia'

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COMENTARIOS

  • Pablets

    Esto lo he dicho yo toda la vida y supuestamente soy “de Letras”, así que menos hablar de que son dos cosas que deberían ir de la mano y más crear un sistema educativo que lo propicie. Y también que una deporte e intelectualismo, que lo de “mens sana in corpore sano” se decía por algo.

  • Eva

    Hola. Permitidme hacer un poco de publicidad (sé que no debería, pero no lo he podido evitar al leer este interesantísimo artículo). Acabo de publicar mi primera novela, March meeting (KRK Ediciones, 2013), que es una historia de amor juvenil y relaciones humanas. Se ambienta en un congreso de física y trata de ser también divulgativa y explicar qué son los superconductores, la física cuántica, la ciencia… Desde luego, en mi caso el divorcio no es tal, pero es difícil darse a conocer. Sería genial que me pudierais ayudar. Gracias http://novelamarchmeeting.wordpress.com

  • Nicolás Fabelo

    Los frutos de la ignorancia científica (o de humanistas incultos) http://bit.ly/133KzGY

  • ja

    Interesante propuesta la del artículo, aunque cae en el antiguo error de dar por supuesto el concepto de “racionalidad” y, lo que es peor aún, equipararlo al de “verdad”. Quizás lo que deberían de hacer ciencia y humanidades es preocuparse más de la “razonabilidad” y ser conscientes de que la “realidad”, como la “racionalidad”, son construciones discursivas. Los ensayos The Rhetoric of Science, de Alan G. Gross, o Science as Writing de David Locke, ya tienen más de 20 años. Las teorías de Foucault sobre la construcción discursiva e ideológica del conocimiento, medio siglo.
    Todos los dogmas y autoritarismos se fundamentan en la posesión de la razón y la verdad son siempre, profunda y peligrosamente, racionales. Si quería decir “crítico” cuando ha dicho “racional”, dígalo. Eso es llamar a las cosas por su nombre.

  • Guest

    Me parece increíble que se haya censurado mi comentario, que era totalmente respetuoso y simplemente discrepaba con la opinión del artículo. Creía que erais gente más o menos seria y competente. ¡Qué pena!