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Células madre para curar la desesperanza

por Andrés Grippo (Buenos Aires)

Cientos de familias gastan cada año decenas de miles de dólares para viajar a clínicas chinas que ofrecen tratamientos con células madre contra enfermedades degenerativas no avalados científicamente. La familia del joven argentino Gabriel Omar Santoro es una de ellas. Esta es la estremecedora historia de la lucha de su madre, dispuesta a seguir pagando un tratamiento millonario porque “las células madre curan”, y de otras familias como la suya

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Gabriel nació el 8 de marzo de 1996 en el Policlínico de San Justo y de inmediato quedó internado en la terapia intensiva de neonatología. El diagnóstico fue “parálisis cerebral producto de una cianosis de la membrana mucosa, apnea e hipoxia”. Gabriel, desde los primeros minutos de vida, necesitó ayuda. No podía comer porque no tenía reflejo de succión. Todo su cuerpo estaba agarrotado. No se movía, producto de la cuadriparesia —parálisis de los cuatro miembros— causada por la falta de oxígeno.

50.000


dólares por inyección es el coste del tratamiento en China, que incluye alojamiento del paciente, acompañantes y traslados

Es notable la cantidad de instrumental médico del que depende Gabriel —tubos de oxígeno en el comedor, un equipo para medir la cantidad de oxígeno en la sangre al lado de la cama, una especie de nebulizador para aspirar el moco que podría ahogarlo sobre la mesa— y es llamativa la cantidad de profesionales de la salud que lo asisten desde hace 17 años.

Alejandra, Gabriel y su padrino, quien hizo de segundo acompañante —el padre tuvo que quedarse en Buenos Aires trabajando— llegaron a Ezeiza —rumbo a China— el sábado 24 de marzo de 2012. A las once de la noche despegó el avión de Qatar Airlines hacia Pekín. A las pocas horas aterrizó en Sao Paulo, Brasil. Volvió a despegar. Aterrizó en Doha, Qatar, diez horas después. Volvió a despegar. Aterrizó por última vez catorce horas más tarde en China. Fueron veintiocho horas de vuelo. 19.711 kilómetros recorridos por aire con un nene en brazos, una mochila de oxígeno al lado y un aspirador de mucosidad —la reciente traqueotomía de Gabriel lo requería— bajo el asiento.

Una eterna rutina

En el aeropuerto de Pekín los esperaba Lisa Sang, empleada de la clínica Wu y la asistente durante los días que pasaron en la institución. Apenas ingresados los médicos revisaron a Gabriel —electrocardiograma, saturación de oxígeno en sangre, signos vitales— y lo acompañaron junto a la familia a una habitación de un ambiente.

“Estar en China no te hace gracia porque estás lejos de tu casa, la comida aunque compres los mismos ingredientes no es igual y la carne es horrible, no se puede comer. Esa noche preparé algo para comer, nos bañamos y nos fuimos a dormir. No dábamos más”.

 El contenido de las bolsas que le administraban a Gabriel estaba compuesto por “medicamentos, células madre, minerales y vitaminas”

Al día siguiente comenzó la rutina que se extendería por casi un mes. Todos los días a las 7 de la mañana una enfermera tomaba la temperatura y daba sus remedios y el desayuno a Gabriel. Desde la primera mañana y hasta la última le colocaron una vía —la administración de sustancias líquidas directamente en la vena a través de una aguja— por la que él recibió medicamentos con etiquetas escritas en chino, incomprensibles para la familia. Según pudo saber Alejandra, el contenido de estas bolsas del  tamaño de una botella de gaseosa de medio litro estaba compuesto por “medicamentos, células madre, minerales y vitaminas”. Gabriel tuvo que soportar seis por día, durante veinticinco días.

Después, la rehabilitación. Una terapeuta ocupacional, una quinesióloga y una fonoaudióloga hicieron su parte. Fue igual que en San Justo pero con miles de kilómetros y de dólares de diferencia. El resto del día era Alejandra la que seguía con ejercicios junto a Gabriel.

Nada de turismo. Nada de plaza de Tiananmen, nada de Gran Muralla China. Alejandra tenía prohibido abandonar la clínica con un paciente. Podía irse sola, pero Gabriel se quedaba dentro. Por lo que Alejandra prácticamente no salió.

La historia clínica de una argentina fallecida, a diferencia de la de Gabriel y otros casos “exitosos”, no figura en la página web de la institución

El viaje se repitió un año después. La colecta había sido lo suficientemente exitosa como para costear las dos visitas sin esfuerzo adicional. La rutina fue la misma. Otra vez las inyecciones. Otro mes de ejercicios de lunes a domingo.

“Lo empecé a sentar y una mañana me queda sentadito solo”, cuenta Alejandra, otra vez con los ojos llorosos. “Me quedé helada. Un día lo dejé de sostener y se quedó solo. No lo podía creer. Yo no lo suelto porque se llega a caer y ¡pum!, desbarranca. Él no tiene reflejo de defensa y va a pasar mucho tiempo hasta que lo pueda tener… si es que algún día lo puede tener. Yo no me conformo. Yo voy por más. Porque yo sé lo que él puede dar”. Hace una pausa y le acaricia el pelo a Gabriel. “Ojalá esto hubiese llegado antes para él. A lo mejor hubiéramos podido sacar mejores cosas”.

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COMENTARIOS

  • Juan Broderman

    ¿En algún lado de la nota dice que el autor del artículo le hace la prensa al ministerio de ciencia de Argentina? ¿No tienen conflicto con esto? Si la respuesta es “no”, al menos debería figurar. Full disclosure

    • Andrés

      Hola Juan ¿por qué te parece que habría un conflicto? Saludos cordiales.