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OPINIÓN

Diez mil millones de problemas

por Javier Salas


El investigador Stephen Emmott presenta un alegato apocalíptico sobre el futuro al que se enfrenta una humanidad que no deja de crecer exponencialmente mientras agota los recursos del planeta

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“Hace 10.000 años éramos sólo un millón. En 1800, hace poco más de 200 años, éramos ya mil millones. Hace 50 años, hacia 1960, éramos tres mil millones. En la actualidad, superamos los siete mil millones. En 2050, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos vivirán en un planeta habitado por nueve mil millones de personas como mínimo. Antes de que acabe el presente siglo, seremos por lo menos diez mil millones. Posiblemente más”. El profesor Stephen Emmott deja clara su intención desde el comienzo, acobardar al lector. Página a página, te va hundiendo en una sopa de datos catastróficos, apocalípticos, un futuro terrible e inevitable en el que te ahoga por mucho que razones para escapar de ellos, como atrapado en arenas movedizas.

No hay sitio pa' tanta gente


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Título: Diez mil millones

Autor: Stephen Emmott

Editorial: Anagrama

208 páginas

Precio: 16,90 euros

Diez mil millones (Anagrama) comenzó siendo una charla de Emmott que ahora ha trasladado a un puñado de 200 páginas que se leen de un tirón, porque cada una de ellas funciona como las diapositivas de una presentación: frases cortas, números que dejan boquiabierto, gráficas que se disparan hacia arriba (extinción de especies, pérdida de bosques, CO2 en la atmósfera, etc.), afirmaciones que invitan a abrazar el cojín como si estuvieras viendo una peli de miedo.

¿Quién es este señor y por qué se afana en asustarnos? Stephen Emmott es profesor de informática en la Universidad de Oxford y director del Laboratorio de Ciencia Computacional de Microsoft en Cambridge. Su equipo está dedicado a la búsqueda de nuevas técnicas e ideas para resolver problemas científicos clave, y ahora se centra en buscarle solución al cambio climático y al ciclo del carbono con la ayuda de especialistas como biólogos botánicos y ecólogos marinos.

“Creo que, en justicia, podemos decir que la situación en que estamos ya es por sí sola un peligro. Un peligro planetario sin precedentes”, dice para explicar las razones que le han llevado a poner esas ideas negro sobre blanco. Emmott comienza haciendo un repaso de la evolución del planeta desde la llegada del ser humano, que comenzó a aprovechar sus recursos, luego a explotarlos y ahora a exprimirlos: “En la actualidad explotamos con fines agrícolas el 40% de la superficie del planeta”, advierte con la intención de mostrar que nos quedamos sin sitio para cultivar comida para tanta gente.

“En la actualidad explotamos con fines agrícolas el 40% de la superficie del planeta”

“Que aumente la necesidad de comida no es sorprendente. Lo sorprendente es que la necesidad de comida aumente a un ritmo mucho mayor que el crecimiento de la población”, afirma Emmott, esencialmente preocupado con las distorsiones que la industria alimentaria deberá generar en el clima del planeta (el 30% de las emisiones globales de gases efecto invernadero, el 70% del agua potable del planeta para regar) para satisfacernos a todos. Y que esas distorsiones perjudicarán de vuelta a la producción de alimentos (catástrofes climáticas como sequías e inundaciones), dificultando mucho más el proceso.

“Para alimentarnos durante los próximos 40 años, necesitaremos producir más comida de la que ha dado la agricultura en los últimos 10.000 años”, afirma este investigador. El libro está lleno de comparaciones de este estilo que abrumarán al lector que no esté acostumbrado a manejar conceptos malthusianos. Emmott llega a atribuir la Primavera Árabe a la ola de calor que azotó Rusia en 2010, que les obligó a prohibir la exportación de cereales, provocando desabastecimientos en Asia y África que causaron malestar, manifestaciones y finalmente revueltas contra los gobiernos. Puede que esta correlación concreta sea discutible, pero ya está confirmado que el cambio climático provoca un aumento de la violencia a todas las escalas.

Sin embargo, el lector se aterra realmente cuando Emmott le cuenta que nuestros problemas no tienen solución, mostrando la inacción de los gobiernos (los fracasos de las cumbres del clima) y desmontando las opciones de que el ingenio humano nos saque de esta como lo hizo en otras ocasiones (“…no creo probable que haya soluciones tecnológicas al problema”). La última página, con la solución que ofrece uno de sus colegas, le deja a uno con la piel de gallina y la mirada perdida en el horizonte.

Diez mil millones ha sido muy criticado por misantrópico y acientífico. Muchas de sus afirmaciones, contestadas, corregidas y enmendadas. No obstante, es evidente que el libro no trata de convertirse en un referente académico, sino en un agitador de conciencias, algo así como un ¡Indignaos! de Hessel sobre el futuro del planeta, y que recuerda en muchos planteamientos a El ecologista indignado, de Kempf.

“Teniendo en cuenta dónde y cómo estamos, sería más prudente, a mi entender, portarnos como pesimistas racionales. Ya mismo”.

— Javier Salas, Redactor de Materia

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COMENTARIOS

  • Roberto

    A mi me recuerda a un libro de ciencia ficcion que lei hace unos meses, se titula Ases, aunque ahi hablaban de que la Tierra tenía que buscar fuera del mismo planeta nuevas fuentes de energía. El libro lo ven en http://tanialu.co/2012/11/10/ases/