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OPINIÓN

España, los recortes en ciencia y el complejo de inferioridad

por Joaquín Zulategui


El autor recuerda el ensayo ‘El español y su complejo de inferioridad’, escrito en 1951, para asegurar que la actual política de recortes en ciencia supone “devolver España a la oscuridad y hacer renacer un complejo de inferioridad que nos costó siglos quitarnos de encima”

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“Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol; si os alaba Inglaterra, será inglés, si os habla mal de Prusia, es un francés, y si habla mal de España, es español”, escribió a mediados del siglo XIX el poeta del realismo y la ciencia Joaquín M. Bartrina.

¿Complejo de inferioridad del español o una inferioridad real?

Ese complejo había sido desterrado de nuestro sentimiento de grupo en las últimas décadas. La pertenencia a la Unión Europea y una ruptura con aquella España casposa permitió que la España lectora, curiosa, estudiosa y científica se pusiera a la altura de nuestros vecinos que tantos hombres ilustres dieron a la ciencia en los últimos cuatro siglos, mientras España dormitaba una larga siesta creativa. Pero los recortes pueden devolver España al pozo de la miseria científica, como ya destacaba el ensayo El español y su complejo de inferioridad, del doctor Juan José López-Ibor, editado en 1951 pero que parece haber sido escrito para que lo lea este Gobierno.

“¿Es que el español es incapaz para la creación científica?”, se preguntaba López-Ibor

“Al comenzar nuestra vida de estudiantes notamos, al principio con curiosidad y después con desazón, cómo en la mayoría de los libros de texto que manejamos se hallan ausentes los nombres españoles… Llegamos incluso a pensar que el español es una lengua muerta para el lenguaje científico… ¿Es que el español es incapaz para la creación científica?”, se preguntaba el psiquiatra.

Continúa López-Ibor: “La reflexión primera que acude a la mente es la de creer que la ciencia viene a ser como el rendimiento de una gran máquina –la máquina de la investigación científica- que está montada y funcionando en otros países. Si uno se incrusta, como una rueda más en aquella máquina, produce lo mismo que cualquier otro. La inferioridad pues, no es nativa. No es raro el caso del español que ha publicado excelentes trabajos durante su permanencia en el extranjero y que ha enmudecido asombrosamente, para el resto de su vida, en cuanto ha traspuesto los Pirineos a su viaje de regreso. El problema es pues el siguiente: ¿por qué existe esa grande y colosal máquina científica en el extranjero y no existe en España?”

“No nos engañemos, decía López-Ibor: “España no ha contribuido al mundo de las ideas que se ha llamado moderno en la proporción de otros pueblos”. Ya un siglo antes, el gran político republicano Gumersindo de Azcárate abundaba en la misma idea: “En la historia científica de Europa no somos nada, y esa historia puede escribirse cumplidamente sin que en ella suenen otros nombres que los de los heroicos marinos que descubrieron las Américas y dieron por primera vez la vuelta al mundo. No tenemos un solo matemático, físico o naturalista que merezca colocarse al lado de las grandes figuras de la ciencia”. Y es que, si se revisa la tabla cronológica de fechas decisivas del pensamiento que Heinrich Schmidt cita al final de su Diccionario de filosofía de la Ilustración de 1912, no hay un solo nombre español.

El problema es que el español ignorante tiene un complejo de superioridad, y el ilustrado, “de inferioridad en lo que respecta a la productividad científica”

La ciencia es la liberación del hombre de su culpable incapacidad, la liberación de la tutela y la guía del poder; para practicar ciencia no se requiere más que una cosa: libertad. Hoy, cuando recién estábamos sacando la cabeza del secular agujero en el que nos encontrábamos, estamos en posición de volver a ser ese oscuro y tétrico país del que escapamos gracias a la ciencia. “Hay épocas, y esta es una de ellas”, decía López-Ibor, “en las que este problema parece avivarse y hasta erizarse.  En esta época de espíritu universal podemos pensar que lo Español, ¿es una especie de unidad mitológica que habría hecho la historia de España, que habría planeado sus conquistas, escrito sus libros, pintados sus cuadros y fracasado en tantos otros cometidos? No es fácil concebir, sumergidos en un mismo núcleo germinal la mística y el cante jondo, el heroísmo y la apatía, la genialidad y la ignorancia.”

El doctor López-Ibor da alguna pista para resolver este dilema de la siguiente manera. El español ignorante tiene un complejo de superioridad como estilo de vida sobre las demás naciones y el español ilustrado “tiene un complejo de inferioridad en lo que respecta a la productividad científica y a la técnica”. Las  auténticas y subyacentes dos Españas; la ignorante, que de su ignorancia hace una ilusa superioridad, y la ilustrada, que del conocimiento de las dos Españas exprime un pesimismo secular.

Hoy estamos en posición de volver a ser ese oscuro y tétrico país del que escapamos gracias a la ciencia

Todos lo podemos ver en los anuncios de Campofrío, en la difusión del diario deportivo Marca, en el  excesivo orgullo por tener un equipo nacional campeón mundial de un deporte que inventaron otros, o en los casos de corrupción escandalosos, mientras la ciencia vuelve a ser la marginada por nuestros gobernantes, que toman como suyo el “¡que inventen ellos!”, formulado en otro contexto por Miguel de Unamuno.

Cuando ya teníamos esa máquina en funcionamiento, la ceguera de los gobiernos puede hacer que desaparezca, y España puede volver al mismo agujero del que tanto le costó salir. Destruyendo la capacidad de producción científica en España se nos está devolviendo a los tiempos de la España más oscura. Los políticos se llenan la boca con las palabras “emprendedores”, “estartaps e “innovación” y, sin embargo, sus actos les condenan a ser la nueva inquisición científica, los herederos de la España acomplejada y superior desde la ignorancia, la autocomplacencia y la falta de autocrítica, la que dilapida enormes cantidades de dinero prestado en pagar su propia supervivencia mientras el cementerio de ideas se llena de jóvenes que emigran y proyectos que se cancelan. “En este triste país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos ” decía Mariano José de Larra, y eso que ya hacemos muy bien tanto zapatos como botellas.

No fue la Inquisición el problema; el problema es el pueblo que la soportó y no se rebeló contra ella. Para esa media España que permite la vuelta a la época de sometimiento cultural, creativo y científico, para esa masa de telecinquistas,  ¡es tan cómodo no tener pensamiento propio! Hoy nuestra rebelión es el voto y la articulación de alternativas democráticas que crean en instituciones sólidas y procuren la educación de todos los ciudadanos. Recortar en ciencia es devolver España a la oscuridad y hacer renacer un complejo de inferioridad que nos costó siglos quitarnos de encima.

— Joaquín Zulategui, Presidente de El Ser Creativo y del Comité científico de Universal Thinking Forum
www.elsercreativo.com

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