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La capacidad de estar alerta ante lo inesperado nos permite apreciar la belleza

Un grupo de investigadores descubre la similitud entre los procesos mentales asociados a descubrimientos inconscientes y la apreciación estética

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Recreación de un grupo de homínidos de hace dos millones de años, cuando aparecieron muchas de las capacidades cognitivas modernas / Universidad de Iowa

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El cerebro es un órgano muy útil, pero tremendamente costoso. En reposo consume el 20% del oxígeno del cuerpo, aunque solo supone el 2% de su peso. En las sociedades occidentales modernas, donde la obesidad es más frecuente que la inanición, esta cuestión puede parecer irrelevante, pero en la sabana africana de hace varios millones de años, donde nuestro cerebro empezó a tomar forma y no había neveras de las que picar entre horas, cualquier añadido a esa sofisticada máquina tenía que estar justificado. ¿Cuál sería entonces la ventaja evolutiva de algo tan aparentemente poco práctico como poder apreciar la belleza?

Para tratar de responder a este tipo de preguntas, un equipo de investigadores liderado desde el IFISC (UIB/CSIC) lleva años estudiando la actividad cerebral de las personas en el momento de apreciación estética. Aunque en un principio se identificaban áreas cerebrales, con el tiempo, los investigadores han identificado redes de neuronas que se activan al mismo tiempo cuando se percibe algo bello. Además, según explica Camilo J. Cela-Conde, director del grupo EvoCog, “es posible ver la conectividad funcional entre neuronas que se activan y desactivan al mismo tiempo aunque no se sepa cuál es la conexión anatómica entre ellas”.

Ahora, el equipo de Cela-Conde, según explica en un artículo publicado esta semana en la revista PNAS en el que también ha colaborado el Centro de Tecnología Biomédica de Madrid, ha logrado identificar cuál es la reacción de nuestro cerebro en cada uno de los instantes posteriores a percibir un estímulo estético. Mediante magnetoencefalografía, un sistema que detecta los campos magnéticos generados por la actividad de las neuronas, analizaron lo que sucedía en los cerebros de 24 participantes cuando les enseñaban distintas imágenes. Así descubrieron que en un primer instante tras observar la imagen, entre los 0,25 y los 0,75 segundos, se producen las interacciones neuronales propias de cuando se presta atención, pero cuando el voluntario se enfrentaba a una imagen que le resultaba bella, entre segundo y segundo y medio después, se activaba la DMN, una red neuronal que está activa por defecto cuando nos encontramos en reposo y que se desactiva cuando se presta atención a algo. “Es como si se utilizase esta red para descubrir el sentido de la belleza, no buscando respuestas a cuestiones directas y específicas sino buscando con la mente divagadora”, explica Cela-Conde.

El momento ¡Ahá!

Este proceso mental sería similar a lo que se conoce como el momento ¡Ahá! o momento ¡Eureka!, en el que se encuentra la solución a un problema de una forma aparentemente casual, sin estar centrado en su resolución. Ese momento también está relacionado con la red DMN, que se activa cuando nuestro cerebro está en reposo. Este hallazgo iría en la línea de otros que muestran que algunas dicotomías tradicionales, como orientado frente a no orientado o divagación mental frente a objetivo mental, pueden, como sucede en el caso de la apreciación estética, no ser adecuados para explicar cómo funcionan algunos procesos del pensamiento.

Volviendo a la explicación de por qué podemos apreciar la belleza, los autores plantean que esa capacidad pudo ser un subproducto de la mente divagadora, un estado de prealerta que permitiría estar en reposo, pero con la posibilidad de reaccionar ante un estímulo que llame la atención o pueda ser de interés. Esta herramienta, que habría servido para valorar objetos necesarios para la supervivencia, como la comida o los depredadores, se acabó utilizando también para disfrutar de experiencias estéticas que aparecían como algo de especial valor para la mente divagadora que de repente se fijaba en ellas.

El origen de esta capacidad en la sabana estaría, según cuenta Cela-Conde, detrás del gusto por construir jardines en nuestras ciudades y, cuando se tiene la oportunidad, en nuestras casas. En la elevada consideración estética que se tiene por esos pequeñitos trozos de sabana se encontrarían las reminiscencias del lugar donde los humanos empezaron a apreciar la belleza.


REFERENCIA

'Dynamics of brain networks in the aesthetic appreciation' DOI:10.1073/pnas.1302855110


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COMENTARIOS

  • Abel Jodra Noguero

    Muy posible, sí.

  • Albeano Alderete

    La mal llamada vivencia del “Ahá” no corresponde a ningún trabajo científico. En su lugar corresponde llamarla “la vivencia del AH” o Eureka. Sigamos aprendiendo y llegaremos a buen puerto. Esto que hoy , recién ahora< se está investigando en Occidente ya fué descubierto hace miles de años en Oriente donde le llaman ESTADO DE CONTEMPLACIÓN.

  • Albeano Alderete

    EL ESTADO DE ALERTA PERMANENTE ES PROPIO DE LOS DELIRANTES MONOIDEICOS. OTRA COSA ES DECIR “ESTADO DE CONTEMPLACIÓN” que permite estar con “atención flotante” ante el paciente, por parte del Psicoanalista, recetada por Sigmund Freud.

  • Vicente

    El artículo es muy sospechoso entero, pero el último párrafo es de traca. Hasta Iker Jiménez fliparía; que los genes funcionasen como memoria…

  • Esteban UP

    El artìculo esta interesante, sin embargo se basa en la hipótesis de que el ser humano se hizo como tal en la sabana africana, cuando hay una teoria que plantea que el ser humano se desarrollo como tal en Africa pero en una zona inundada y los antiguos homidos vivieron en un contexto semiacuàtico que les permitió andar erguidos, justifica la caidad del pelo en casi todo el cuerpo, una orina más diluida que el resto de los ánimales de la sabana africana y una capa subcutanea de grasa muchísimo mayor en los humanos que en otros primates como chimpances o gorilas, lo cuál explica esta teoría ya que la grasa es mejor aislante del frio que del calor como los mamiferos marinos.