“Era como estar en Iwo Jima”, contó a sus allegados Masao Yoshida, jefe de la central nuclear de Fukushima Daiichi, trazando un revelador paralelismo entre su lucha para evitar un Chernóbil japonés y la heroica batalla que libraron y perdieron sus compatriotas en 1945 en una estratégica isla del Pacífico. Hoy, Yoshida, considerado por muchos el hombre que libró a Japón de un desastre milenario, es incapaz de atender a las investigaciones todavía abiertas para entender lo que pasó. Desde aquel terrible 11 de marzo de 2011, este ingeniero nuclear de 58 años ha sufrido un cáncer de esófago y una hemorragia cerebral que le han debilitado hasta el extremo. Sus dolencias no tienen relación directa con el accidente según las autoridades, pero su situación ilustra el sufrimiento que padecieron aquellos operarios.
Aunque se les llamó los 50 de Fukushima, pasaron más de 20.000 trabajadores por la central descompuesta, con tres reactores con los núcleos derretidos en uno de los peores accidentes de la historia de la energía atómica civil. Por primera vez desde hace dos años, se ha dado a conocer un análisis fiable de los efectos de la radiación emitida por la central, que expulsó en torno a un 15% del total de material tóxico liberado por Chernóbil. Un informe de la Organización Mundial de la Salud hecho público hoy pone el foco sobre 12 de esos liquidadores, que recibieron dosis tan altas de radiación que sufren un “riesgo notable” de padecer cáncer como consecuencia de esa exposición. En concreto, dos de estos operarios recibieron un golpe de más de 10.000 sieverts (unidad de medida de la radiación recibida) en sus tiroides tras inhalar yodo radiactivo. Un nivel que, como afirma el informe, puede provocar disfunciones graves en esta glándula.
178 operarios recibieron radiación en su organismo por encima de los límites legales
Aunque el informe admite que hasta 7.000 trabajadores han aumentado sus probabilidades de desarrollar un cáncer, son 178 los que sufrieron niveles altos de radiación en sus órganos, por encima de la ley (100 milisieverts), y una docena los que pudieran ver su salud gravemente comprometida con mayores posibilidades. De entre ellos, son cuatro los que mayor riesgo sufren: tres por la coincidencia entre la dosis recibida y su juventud, ya que entre los veinteañeros es 34 veces más probable desarrollar cáncer tras ese nivel de exposición.
Además, hay un hombre que recibió una dosis de 11.800 milisievert en su tiroides y de 678,8 milisievert en el interior de su organismo, los valores máximos registrados en todo Japón. Este operario, que tiene entre 30 y 39 años, sigue trabajando en la empresa aunque en otro destino, según la compañía Tepco, titular de Fukushima durante la catástrofe. “Hasta ahora, no se han observado efectos en la salud de los trabajadores que sobrepasaron los límites de dosis [de radiación]“, confirma el informe. Los más afectados son aquellos que estaban destinados en la sala de control de la central, principalmente por yodo-131.
La glándula tiroides suele recibir mayores dosis precisamente porque se alimenta de yodo y lo absorbe con mucha rapidez. Por ello, en casos de emergencia nuclear se suele aconsejar el consumo de tabletas de yodo para saturar a esta glándula y que no pueda recibir más del exterior. A los trabajadores de Fukushima se les administraron estas tabletas a partir del día 13 de marzo, dos después del accidente, y uno de ellos llegó a tomarse por su cuenta hasta 87, algo que pudo provocar reacciones adversas en su organismo, según relata el informe de la OMS.
Aunque se desconoce la identidad de los operarios más afectados, los números coinciden con la información que ya se conocía sobre lo sucedido en la planta en los primeros días gracias al trabajo de las distintas comisiones de investigación. El 24 de marzo, tres operarios tuvieron que recibir tratamiento médico (dos de ellos hospitalizados), después de acudir a un sótano del reactor 3 de la central para recuperar el cableado eléctrico. Con sus botas en el agua radiactiva, pasaron allí mucho tiempo más del recomendable para su salud. Ese reactor era el más peligroso de todos, porque estaba alimentado con MOX, un compuesto de uranio reprocesado y plutonio especialmente peligroso.
Contratos irregulares y dosis ilegales
Al menos uno de ellos trabajaba para una empresa de las subcontratadas por Tepco durante la crisis y después, en los esfuerzos para recuperar el control de la planta y limpiarla de materiales radiactivos. La prensa local ha denunciado que la mitad de estos liquidadores estaban contratados de forma irregular por subcontratas, en muchas ocasiones doblemente subcontratados. Esta precariedad laboral tiene su influencia en la dosis radiactiva que reciben los operarios, ya que son las empresas las que informan a las autoridades de los niveles acumulados de radiación recibida por cada trabajador. En esas condiciones, se hace imposible comprobar si algún trabajador está siendo reutilizado por otra empresa, tras poner su contador de radiactividad a cero.
Estos operarios tienen un límite legal de dosis radiactiva que pueden recibir y una vez alcanzada está prohibido seguir sometiéndoles a ese riesgo. Antes de la crisis, el límite japonés era de 250 milisieverts pero el Gobierno lo tuvo que rebajar a 100 milisieverts en las primeras semanas porque se estaban quedando sin técnicos que supieran afrontar las sofisticadas tareas que se requieren en una central nuclear. De este modo, las autoridades allanaban el camino para Tepco, que se negaba a enviar más trabajadores a la central a pesar de las súplicas de su responsable, Masao Yoshida: “No puedo seguir forzando a mis empleados a trabajar”, comunicó cinco días después del accidente. “No esperes refuerzos”, le dijeron desde Tokio a Yoshida al día siguiente, a pesar de la crítica situación que se vivía en la planta.
Algunos de los operarios han denunciado a la compañía por obligarles a realizar trabajos cuyo riesgo desconocían. Según contó Associated Press tras hablar con uno de ellos, Shinichi, de 46 años, vivió aterrorizado una situación en la que caminaba con varios compañeros por un sótano inundado, entre el vapor de agua radiactiva que sentían caliente incluso a través de las botas de goma. “Fue indignante. Ni siquiera debería haber estado allí”, afirmó.
“Ni siquiera debería haber estado allí”, afirma uno de los trabajadores
Desde el comienzo de la crisis, han muerto siete trabajadores, recuerda el informe de la OMS, aunque ninguno por causas achacables a la radiación. Al menos la mitad sufren depresiones y estrés postraumático, no sólo por la ansiedad que sufrieron durante la crisis, sino también porque, lógicamente, sus familias también sufrieron el terremoto, el maremoto o la caótica evacuación, que provocó que se triplicara el índice de fallecimientos entre los ancianos debido a su penosa situación como refugiados.
Poco riesgo para el resto de la población
El informe dedica la mayor parte de sus 170 páginas a explicar cómo los materiales radiactivos han podido afectar al resto de la población de la prefectura de Fukushima y otras regiones japonesas implicadas, también al resto del mundo. Aunque no ofrece datos concretos de radiación recibida, las dosis no son excesivas en ningún caso y tan sólo algunos niños se exponen a aumentos limitados de riesgo de desarrollar cáncer por culpa de la radiactividad. En el peor de los casos, el riesgo de que las niñas desarrollen cáncer de tiroides aumenta del 0,75% al 1,25%.
“Un desglose de los datos, basados en la edad, el género y la proximidad a la planta nuclear, muestra un mayor riesgo de cáncer para los situados en las zonas más contaminadas. Más allá, incluso en lugares dentro de la prefectura de Fukushima, no se esperan aumentos observables en la incidencia de cáncer”, resumió durante la presentación del informe Maria Neira, responsable de Salud Pública de la OMS.
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REFERENCIA
MÁS INFO
» Web de la OMS sobre el accidente de Japón (OMS)
» Inquietud acerca de la crisis nuclear en el Japón - Preguntas frecuentes (OMS)







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