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Un asesor científico del Gobierno defiende bulos para oponerse al aborto

Un miembro recién nombrado del Comité de Bioética de España afirma que hay un negocio en torno al aborto al servicio de la industria de la investigación

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El Comité de Bioética de España, el órgano encargado de asesorar a los gobernantes del país, se ha llenado de expertos en los que la ideología prima sobre los valores científicos. Algunos de sus nuevos miembros han mostrado su disposición a utilizar la ciencia con el fin de apoyar sus creencias, aun a costa de ofrecer visiones sobre resultados de la investigación sesgados o llenos de medias verdades. Un caso especialmente llamativo es el del catedrático de Genética de la Universidad de Alcalá de Henares Nicolás Jouve. Este prestigioso científico, que fue presidente de la Sociedad Española de Genética, no tuvo problema en prestarse a aparecer como experto en un programa del canal Intereconomía en el que se afirmaba que “hay fábricas de refrescos que utilizan fetos de bebés abortados para endulzar sus productos”.

La noticia tenía su origen en una denuncia del grupo antiabortista Children of God for Life que aseguraba que la compañía PepsiCo utilizaba restos de fetos humanos abortados para investigar sobre sustancias edulcorantes. La parte de verdad de la historia era que la empresa de refrescos había firmado un contrato con la biotecnológica Senomyx para que le proporcionase nuevos productos que sustituyan al azúcar manteniendo o mejorando el sabor de sus bebidas. Senomyx, como muchas otras compañías biotecnológicas y farmacéuticas, utiliza cultivos celulares para probar los efectos de multitud de sustancias sin tener que probarlas en humanos. Una de las líneas celulares que se emplean para este tipo de investigaciones son las HEK 293, procedentes del riñón de un feto humano abortado a principios de los 70 en Holanda.

Desde entonces, esa línea celular se ha seguido multiplicando y se utiliza en laboratorios de todo el mundo para crear nuevas vacunas contra enfermedades como la gripe o fármacos para tratar dolencias como la artritis reumatoide. Y también para probar los efectos de determinadas sustancias edulcorantes sobre los receptores de nuestras papilas gustativas. Algo similar a lo que sucede con las células del cáncer cervical que mató en 1951 a la estadounidense Henrietta Lacks. La línea celular extraída de aquella mujer, bautizada como HeLa, ha servido para desarrollar tratamientos que han salvado la vida a millones de personas. Este tipo de células que logran convertirse en modelos para la ciencia, como las HeLa o las HEK 293, son muy estables, se trabaja fácilmente con ellas y proporcionan resultados fiables que se pueden repetir para comprobar si son correctos, algo esencial para la investigación.

El experto también vincula las vacunas y el autismo

En su información, Intereconomía no explica estos detalles y en ningún momento aclara que en ningún producto de PepsiCo  ni de ninguna otra compañía legal del mundo se introducen restos de fetos humanos. Y tampoco explica que la línea celular que se utiliza hoy fue extraída de un solo embrión humano abortado hace cuarenta años. En lugar de hacerlo, se afirma que “estamos alimentando una especie de canibalismo industrial a gran escala”, como si las compañías farmacéuticas y biotecnológicas necesitasen un flujo continuo de bebés abortados para continuar con sus malignos experimentos.

Lejos de puntualizar estos importantes detalles, el profesor Jouve respalda la tesis y añade que las empresas se sirven de cadáveres de fetos humanos abortados “al servicio casi de esta industria” para hacer sus experimentos. Después de realizar estas acusaciones, el catedrático de Genética continúa asegurando que este tipo de investigaciones tienen consecuencias para la salud. En su intervención, relaciona el uso de células humanas como sustrato para cultivar los virus con los que se hacen las vacunas, como la tripartita contra el sarampión, poliomelitis y rubeola, con un supuesto incremento del autismo. Jouve se suma así a los argumentos del investigador Andrew Wakefield, autor de un artículo publicado en 1998 en The Lancet en el que también se hacían afirmaciones similares. Desde entonces, aquel estudio fue retirado de la revista científica y ningún estudio posterior ha sido capaz de encontrar un vínculo sólido entre la vacunación de los niños y el autismo.

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