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Un español en los campos malditos del anthrax

El veterinario Joan Arderius, impulsor de la primera carnicería de caballo, fue el único testigo español del duelo científico de Pouilly-le-Fort, en el que Pasteur sacrificó a 21 carneros para demostrar la eficacia de las vacunas de laboratorio

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Joan Arderius con su hijo Antonio en su laboratorio de Figueres Ampliar

Joan Arderius con su hijo Antonio en su laboratorio de Figueres / Colección familiar

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En mayo de 1881, mientras arrancaban las obras para partir América en dos con el Canal de Panamá y Billy el Niño escapaba de la cárcel en Nuevo México, en Europa la salud de la humanidad se decidía en la diminuta aldea francesa de Pouilly-le-Fort. Allí, el veterinario Hippolyte Rossignol había retado en duelo al químico Louis Pasteur. Medio pueblo, investigadores, ganaderos y hasta periodistas extranjeros acudieron a presenciar la batalla científica.

Pasteur acababa de anunciar que había domado la bacteria del mortal carbunco hasta hacerla inofensiva. Desde 1796, los médicos vacunaban inyectando gérmenes que provocaban enfermedades similares a las que se quería prevenir. Pero ahora Pasteur proponía un concepto revolucionario: debilitar a los propios microbios mortíferos y, una vez atontados, introducirlos en el cuerpo humano para generar defensas. Proclamaba que ya tenía lista la vacuna contra el carbunco, una enfermedad que por entonces mataba sobre todo a ovejas y cabras pero cuyas esporas también se colaban en los pulmones de granjeros, esquiladores, veterinarios y curtidores, provocando hemorragias internas mortales.

Rossignol, simplemente, no se tragaba la eficacia de la vacuna, la primera de la historia con bacterias atenuadas, y desafió a Pasteur a demostrarla en público. El padre de la leche pasteurizada recogió el guante. Estaba en juego la credibilidad de estas vacunas de laboratorio, que desde entonces han salvado cientos de millones de vidas.

Pasteur en Pouilly-le-Fort en 1881, según una ilustración de la épocaAmpliar

Pasteur en Pouilly-le-Fort en 1881, según una ilustración de la época / Auguste André Lançon

El duelo transcurrió como una partida de ajedrez con seres vivos. La Sociedad de Agricultura local puso las piezas, 60 animales, y Rossignol puso el tablero, su finca en Pouilly-le-Fort, a poca distancia de París. Pasteur inoculó su vacuna atenuada a 24 carneros, seis vacas y una cabra. Las piezas de Rossignol eran 21 carneros y una cabra sin vacunar. Durante días pastaron en los llamados “campos malditos”, terrenos preñados de esporas venenosas procedentes de cadáveres de animales enfermos de carbunco. Son las mismas esporas que saltaron al imaginario colectivo bajo el nombre anglosajón de anthrax en 2001, cuando un ataque bioterrorista infectó a 22 personas mediante el envío de esporas en sobres a través del Servicio Postal de EEUU. El ganado de Pasteur sobrevivió, pero el de Rossignol sufrió una escabechina. Todas sus reses murieron.

Bigote y perilla de chivo

Entre el público entusiasmado, que disfrutó el duelo con la misma pasión con la que hoy se viviría un partido de fútbol Real Madrid-Barcelona, se encontraba un español: el veterinario Joan Arderius (1841-1923). Con su frondoso bigote y perilla de chivo, aquel hombre de 40 años ya había sido director del primer periódico federal de España (El Ampurdanés), había abierto la primera carnicería de carne de caballo del país y había conspirado para echar a patadas del trono a la reina Isabel II de Borbón en la Revolución de 1868.

Arderius dirigió el primer periódico federal de España, El Ampurdanés

Podría haber pasado a la historia por cualquiera de aquellos méritos ajenos a la veterinaria, como hizo su colega de profesión y coetáneo John Boyd Dunlop tras patentar el neumático con cámara en 1888, pero no lo hizo. Y tampoco iba a pasar a la historia por ser testigo de la refriega científica en Pouilly-le-Fort, aunque este hecho le convertiría en “uno de los más entusiastas propagadores de la vacunoterapia” en España, como le definió Arturo Soldevila, historiador de la veterinaria. Un año después de la contienda en Pouilly-le-Fort, en 1882, el testigo catalán ya estaba aplicando en España las vacunas que iban a disparar la esperanza de vida mundial.

“Arderius es un personaje absolutamente olvidado”, lamenta el médico José Tuells, a las puertas de que se cumplan 90 años de la muerte del veterinario. Tuells, investigador de la Cátedra de Vacunología Balmis de la Universidad de Alicante, está empeñado desde hace años en rescatar del olvido a personajes fundamentales en la historia de las vacunas. Suele toparse con figuras desconocidas en legajos perdidos en cualquier archivo, pero con Arderius fue diferente. Un día de 2010, una periodista del diario Información de Alicante fue a entrevistar a Tuells para hablar de la pandemia de gripe A. Concluida la entrevista, la redactora le comentó de pasada: “Pues mi tatarabuelo también trabajaba con vacunas”. Ella se llamaba Pino Alberola Arderius y, efectivamente, era tataranieta del veterinario del siglo XIX.

“Cual la falange macedónica”

Desde aquella revelación, Tuells y su colega José Luis Duro indagaron en los archivos familiares y de instituciones hasta dibujar el perfil de un personaje enterrado en la historia, pero que contribuyó como pocos a sacar a España de la penumbra. “La Iglesia entonces se oponía al concepto de las enfermedades transmisibles. Se decía que la divinidad enviaba las enfermedades. Arderius se indignaba con estas herejías, con la doctrina de la aparición espontánea de las enfermedades”, explica el médico.

«La Iglesia entonces se oponía al concepto de las enfermedades transmisibles»


José Tuells
Médico e investigador de la Universidad de Alicante

Tuells recuerda el fervor de Arderius para defender sus tres pasiones: la ciencia, el periodismo y el republicanismo federal. En 1860, cuando tenía sólo 19 años, pidió un puesto de redactor en la revista El Monitor de la Veterinaria. En uno de sus primeros artículos, el mozalbete proclamaba: “cual la falange macedónica forzó y venció el paso de las Termópilas, nosotros forzaremos y venceremos la oposición que nos hacen, y lograremos colocar al nivel de las demás ciencias a nuestra amada veterinaria”.

Para conseguirlo, Arderius viajó por Europa, leyó y tradujo las últimas publicaciones de su campo e investigó por su cuenta, en su Laboratorio Microbiológico de Figueres. No necesitó tomar las armas como la infantería griega, pero sí lo hizo para defender sus ideales políticos, en una época en la que carlistas y liberales se abrían las tripas en el norte de España. En 1872, el veterinario fue elegido alcalde de Figueres, el pueblo catalán de 11.000 habitantes en el que ejerció su profesión toda su vida.

A dar caza a los malvados

“Cuando las cámaras del Congreso y Senado de Madrid, reunidas en Asamblea Nacional soberana, proclaman la I República la noche del 1 de febrero de 1873, hacía ya más de un año que los figuerenses tenían un Ayuntamiento republicano”, recordaba el historiador de la veterinaria Arturo Soldevila en una de las primeras semblanzas biográficas de Arderius. Por entonces, la guerrilla carlista exigía a Figueres un impuesto para pagar los gastos de la Tercera Guerra Carlista, que enfrentaba a los partidarios de aupar al trono a Carlos María de Borbón con el gobierno de la Primera República Española.

En 1998 sus restos estuvieron a punto de acabar en una fosa común

Pero el veterinario-periodista-alcalde no estaba dispuesto a claudicar. “Últimamente, al acercarse algunas partidas carlistas a la villa de Figueras, se reunieron sus vecinos armados al toque de somatén, formaron secciones y compañías y salieron en varias direcciones a dar caza a los malvados, que despejaron el terreno viendo lo que iba a sucederles. Al frente de los figuerenses iban nuestros amigos Don Juan Matas, presidente de la Diputación provincial, Don Juan Arderius, alcalde de Figueras, los concejales de Ayuntamiento y otros conocidos republicanos. ¡Adelante, y pronto desaparecerán los enemigos del pueblo y de la sociedad!”, contaba el periódico republicano federal La Provincia, el 23 de enero de 1873.

Arderius sobrevivió a los disparos de los carlistas, a las pestes de los campos malditos de Pasteur y a las coces de las yeguas de su Figueres natal, pero el “desgaste mental” de más de 80 años de vida, en palabras de Tuells, le acabó conduciendo a una casa de salud de Lloret de Mar, posiblemente afectado por alzhéimer. Allí murió y fue enterrado. En 1998, cuando sus restos iban a ser trasladados a una fosa común, Figueres los rescató in extremis para el panteón de ilustres del cementerio municipal. Un mínimo reconocimiento para el científico español que pisó los campos malditos de Pasteur y volvió de ellos con las hoy esenciales vacunas de laboratorio.



Franceses con ganas de comer caballo

La historia está llena de carambolas, pero esta es especialmente surrealista. Gracias a la política anticlerical del gobierno francés de Émile Combes, en España se empezó a comer carne de caballo. Harto de que las órdenes religiosas educaran a los niños contra los principios de la Revolución, Combes decretó el cierre de miles de colegios religiosos a comienzos del siglo XX.

Muchos de aquellos franceses, que en su país consumían carne de caballo asiduamente, acabaron exiliados en Figueres, una zona de cría de grandes caballos, según reseñó el historiador de la veterinaria Arturo Soldevila. Para saciar su hambre de ganado equino, Joan Arderius, casado con una francesa, promovió la autorización de la matanza de caballos para consumo, prohibida en España, y abrió la primera carnicería caballar en 1914.




REFERENCIA

'Joan Arderius Banjol (1841-1923), el veterinario que viajó a los campos malditos'


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