Materia, la web de noticias de ciencia

Lee, piensa, comparte

Malaguilla, el español que quiso salvar la vida de millones de americanos

Un cirujano de 33 años hasta ahora desconocido propuso en 1802 al trono Borbón una expedición para vacunar contra la viruela y “conservar la vida de más vasallos tributarios”

Más noticias de: historia, latinoamérica, salud pública, vacunas, viruela

Firma de Malaguilla en un documento del Archivo Histórico Nacional de Madrid Ampliar

Firma de Malaguilla en un documento del Archivo Histórico Nacional de Madrid / José Tuells

LEER
IMPRIMIR

Corría el año 1803 y la oferta de trabajo era tentadora. Se buscaban niños de entre 8 y 10 años para darles alimento, ropa y educación hasta que encontraran una profesión digna. A cambio, los niños tenían que embarcar en una corbeta y ser inoculados con la viruela vacuna, para que el líquido de sus pústulas supurantes sirviera para inyectar a otros niños a bordo, en una cadena humana que permitiera que la vacuna llegara sana y salva a América, donde la peste había tumbado a civilizaciones enteras.

Pero, pese a la promesa de un futuro, no aparecieron madres dispuestas a entregar a sus hijos, así que el promotor de la expedición, el médico alicantino Francisco Xavier Balmis, tomó cuatro niños de los hospicios de Madrid y otros 18 de los orfanatos de Santiago de Compostela. Y gracias a los 22 niños, conocidos como los galleguitos y casi todos huérfanos, la vacuna de la viruela llegó a América, pasando de bracito a bracito a lo largo de las semanas que duró la travesía por alta mar.

Tres siglos y cientos de miles de muertos después de que los propios españoles llevaran la peste de la viruela a América, la llamada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se convertía en uno de los grandes hitos médicos de la humanidad. Balmis pasó a la historia como salvador de millones de americanos.

Un secreto oculto dos siglos

Más de 200 años después, el médico José Tuells sonríe al otro lado del teléfono. En una de sus excursiones al Archivo Histórico Nacional de Madrid, escondido en el legajo 3215 de los fondos de la sección del Estado, Tuells ha descubierto un secreto oculto durante estos dos siglos. Balmis se llevó la gloria, pero el primero que propuso difundir la vacuna en América fue un hasta hoy totalmente desconocido joven.

El enigmático Malaguilla propuso la primera expedición sanitaria internacional de la historia

Así se presentaba él mismo, en una carta remitida al rey Carlos IV y fechada el 24 de agosto de 1802: “D. Rafael de Malaguilla, de edad de treinta y tres años, cirujano con real aprobación, con trece años de práctica de titular y particular en vuestras ciudades de Andalucía, vecino al presente en esta vuestra corte de Madrid”.

Dos meses antes, el virreinato de Nueva Granada, con capital en lo que hoy es Bogotá (Colombia), había pedido auxilio al rey Carlos IV. La viruela, considerada el más terrible de los ministros de la muerte, se extendía en América por doquier. Y Malaguilla apareció en la Corte con la solución: una expedición ilustrada para vacunar a los americanos. “Cabe considerarla como la más antigua propuesta para transportar la vacuna a las colonias de ultramar conocida hasta la fecha”, sostiene Tuells en su presentación al mundo del personaje, publicada en la revista Vacunas.

Un experimento salvaje

En los estertores del siglo XVIII, el médico rural inglés Edward Jenner había constatado que las ordeñadoras que se infectaban de la viruela de las vacas no padecían la viruela humana que se paseaba por sus pueblos llenando los cementerios. Tomó líquido de las pústulas de una de estas mujeres y se lo inyectó a un niño. Más tarde, en un experimento salvaje, le inoculó el mortal virus humano. Pero no ocurrió nada y la fama del ensayo se extendió por toda Europa, donde por entonces morían unas 400.000 personas cada año a causa de la viruela.

«Resultará al Real Erario un incremento anual de más millones de pesos con aumento de la población para cultivar tierras desiertas»


Rafael de Malaguilla
Cirujano del siglo XIX

La vacuna ya había llegado en 1800 a familias selectas en Norteamérica, como la del presidente de EEUU Thomas Jefferson, pero el joven Malaguilla quería llevarla a todos los territorios dominados por la Corona española. Y, para convencer al rey Carlos IV, apeló a su bolsillo.

“Por este medio se conservará la vida de más vasallos tributarios al estado en aquellas vastas regiones, de lo que resultará al Real Erario un incremento anual de más millones de pesos con aumento de la población para cultivar tierras desiertas”, proclamaba en su escrito, dejando claro para qué valía una vida humana en los tiempos de los primeros reyes de la Casa de Borbón en España.

“Asociar el número de habitantes con el progreso es un concepto muy instalado en la época , ya que hay más personas para pagar impuestos y más mano de obra para cubrir la despoblación de algunas regiones”, resume el historiador José Luis Duro, compañero de Tuells en la Cátedra de Vacunología Balmis de la Universidad de Alicante.

 Lisonjas al rey

En la misiva, dirigida al Secretario de Estado y del Despacho, Pedro Cevallos, Malaguilla no escatima lisonjas para suplicar al monarca Carlos IV que “se digne de promover y patrocinar este pensamiento proporcionando su ejecución al suplicante con el sueldo que (en atención a los más muchos desvelos, urgencias e incomodidades de viaje tan largo a que indispensablemente se ha de sujetar) juzgare oportuno la superior penetración de V. Exa. [Vuestra Excelencia] cuya importante vida rogara al todo poderoso guarde y prospere dilatados años para el amparo de la humanidad”.

‘Indio con viruela’, por el obispo Baltasar Jaime Martínez CompañónAmpliar

'Indio con viruela', por el obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón / RCI

Malaguilla no estaba del todo solo. Tres días después de su carta, el 27 de agosto de 1802, otra misiva llegó a la Corte, esta vez con firma de postín: la del militar irlandés Arturo O’Neill y O’Kelly, veterano de las campañas de Orán y Argel y cerebro de una expedición contra los filibusteros ingleses en Belice, en el mar del Caribe. O’Neill había visto con sus propios ojos el poder mortífero de la viruela como Capitán General de la provincia de Yucatán y regresó a Madrid como Ministro del Real y Supremo Consejo de Guerra. Allí debió de conocer a Malaguilla y se entusiasmó con su proyecto.

En el mismo legajo 3215, Tuells ha desempolvado un manuscrito del militar irlandés dirigido a Carlos IV a través de su Secretario de Estado. “Hallándome de Capitán General de la Provincia de Yucatán ha corrido por dos veces el contagio de viruelas, habiendo sido tan cruel las primeras, que fallecieron cerca de diez mil de aquellos naturales, lo más Indios tributarios a S. M. [Su Majestad]”, comenzaba.

O´Neill advertía al rey Borbón de que los nativos estaban “preocupados contra remedio que no sea de los suyos”, un temor que por otro lado compartía la Iglesia pero por otros motivos. Los obispos veían la vacuna contra la viruela como una oposición a los designios del Señor. Vacunarse fue durante mucho tiempo pecado.

Tierras desiertas

“Es de ver que el introducir en las Américas la inoculación vacuna conservará muchas vidas tributarias, que servirá de mayor incremento al Real erario así que poblar varias tierras ahora desiertas”, espoleaba el militar, de nuevo apelando a la codicia del Borbón.

Grabado de la corbeta utilizada en la expedición de BalmisAmpliar

Grabado de la corbeta utilizada en la expedición de Balmis / RCI

La propuesta tenía todo para triunfar, pero “Malaguilla tuvo verdadera mala suerte”, según recuerda Tuells. Su solicitud se atascó durante seis meses en los laberintos de la Corte y dio tiempo a que llegaran otras similares pero más potentes. Entre ellas, la de Francisco Xavier Balmis, que no necesitaba muchos padrinos porque era médico de cámara del rey Carlos IV.

La suerte estaba echada y el Real Tribunal del Protomedicato, máxima autoridad en materia de salud, fue implacable. La vacunación era segura y no requería ninguna preparación especial. “[...] no hay necesidad ninguna de que se traslade Malaguilla a la América para dicho efecto”, dictaminó el organismo, a petición del rey Carlos IV. “Fuera de que, cuando la vacunación necesitase de ciertas precauciones por razón del temperamento, edad, estación y otras circunstancias, parecía más particular la asistencia de un buen médico que la de un simple cirujano como lo es Malaguilla, de quien el Protomedicato no tiene noticias de una pericia aventajada y conocida”, sentenciaba el tribunal.

Y así, descartado y humillado, Malaguilla, el primer hombre que propuso la que fue la primera expedición sanitaria internacional de la historia, fue borrado de la memoria. Hasta que llegó Tuells con una vacuna contra el olvido: “Hay que reivindicar al pobre Malaguilla”.


REFERENCIA

'Una propuesta fallida para propagar la vacuna contra la viruela en Hispanoamérica (1802)' DOI: 10.1016/S1576-9887(12)70042-0


Archivado en: historia, latinoamérica, salud pública, vacunas, viruela




COMENTARIOS