Materia, la web de noticias de ciencia

Lee, piensa, comparte

Los niños son altruistas por egoísmo

Un estudio asegura que la generosidad demostrada por niños de 5 años busca mejorar su propia imagen, y no el bien del otro

Más noticias de: antropología, comportamiento, psicología

Ampliar

Si la decisión de compartir sus bienes permanece en el anonimato, los niños tienden a ser egoístas. / Wisconsin Department of Natural Resources

LEER
IMPRIMIR

Los niños son buenos y generosos, pero es la sociedad la que les vuelve egoístas. Este planteamiento, que permitiría añorar un estado natural de convivencia armónica previo a la civilización y que tiene numerosos defensores, como muestra esta conocida campaña de Acción Contra el Hambre, puede transmitir una imagen excesivamente idealizada de la infancia y, en definitiva, de la naturaleza humana. Así lo sugiere un estudio publicado esta semana en la revista PLoS One por Kristin L. Leimgruber y un equipo del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale.

Según las investigadoras, que realizaron un experimento con niños de 5 años, la generosidad solo aparece cuando los pequeños saben que están siendo vigilados o pueden ver al beneficiario de su acción altruista. Si la decisión de compartir sus bienes o no permanecía en el anonimato, los niños tendían a ser egoístas. Estos resultados añaden información para intentar comprender por qué los humanos, pese a que parezca estar en contradicción con las teorías biológicas e incluso económicas, somos tan altruistas.

Con 20 meses, los humanos son capaces de sacrificarse para ayudar a otros

Los humanos adultos son únicos porque con frecuencia se comportan de una manera que parece excesivamente generosa y, lo que es aún más llamativo, hay pruebas empíricas que indican que estas tendencias aparecen en una etapa muy temprana del desarrollo. Existen investigaciones que muestran a bebés de 8 meses que no tienen problemas para compartir juguetes, tanto con familiares como con desconocidos. Con 20 meses, es posible incluso que estén dispuestos a aceptar perjuicios individuales para ayudar a otros. Finalmente, los pequeños entre 2 y 4 años comienzan a compartir recursos con otros de forma voluntaria, incluso cuando se podrían quedar con esos recursos para ellos solos sin mayor problema.

Los peces también son mejores si les miran

Con frecuencia, este comportamiento altruista se explica por motivaciones intrínsecas, como el sentimiento de empatía hacia los otros o una tendencia natural hacia la justicia. Sin embargo, gran parte de estos estudios se han realizado con el padre o con los beneficiarios de las acciones del niño presentes, con lo que es difícil determinar hasta qué punto las acciones no están más motivadas por mejorar la propia imagen frente a los progenitores o frente a los compañeros que por el bienestar del otro. En adultos, hay estudios que muestran que el deseo de promover la propia reputación multiplica las cantidades que se dan a obras benéficas. Este tipo de comportamientos también se ha observado en otras especies de primates, como los monos capuchinos, e incluso en algunas especies de peces, lo que indica que la generosidad tiene beneficios biológicos incentivados por los procesos evolutivos.

Las autoras del estudio se muestran sorprendidas por la falta de generosidad de los pequeños

Los resultados del grupo de la Universidad de Yale muestran que la generosidad de los niños de cinco años depende en buena medida de que haya otros mirando o de que se pueda saber cuál ha sido la decisión del pequeño a la hora de compartir o no. Aunque los participantes en el experimento, en el que tenían la opción de compartir más o menos pegatinas, se mostraron muy generosos cuando podían ver a la persona a la que se las entregaban o todo el mundo podía saber cuántas pegatinas le habían dado, la situación cambiaba si su decisión solo la conocían ellos.

Las investigadoras, que se muestran sorprendidas por la falta de generosidad de los niños, creen que estos resultados indican que, frente a las motivaciones expuestas para explicar la generosidad humana, los factores extrínsecos y, en el fondo, egoístas, son fundamentales. Los niños, afirman las investigadoras, “solo mostraron un comportamiento altruista en nuestro estudio cuando podían ver al receptor [de las pegatinas] y sus aportaciones eran visibles; bajo otras condiciones, los niños fueron estadísticamente egoístas, dando a los receptores la menor cantidad posible de pegatinas”.

Estudios anteriores habían mostrado que, pese a que la generosidad es aparentemente poco práctica, la incertidumbre de la vida, integrada en nuestra visión innata del mundo a través de milenios de evolución, nos empuja a ser buenos con nuestros congéneres porque nunca se sabe cuándo, dónde y en qué circunstancias nos podemos volver a encontrar con ellos. Este experimento, uno más, que no pretende hacer un juicio definitivo sobre la naturaleza humana, pone en duda al menos la generosidad innata de los niños y sugiere que la sociedad, los otros, nos ayudan a ser mejores.


REFERENCIA

DOI:10.1371/journal.pone.0048292


Archivado en: antropología, comportamiento, psicología




COMENTARIOS