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Los 70 son los nuevos 30

Desde 1840, la esperanza de vida en los países más avanzados se ha incrementado en tres meses cada año

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Los suecos han visto crecer su esperanza de vida a un ritmo del 12% por generación desde 1800 / Danko

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Si, cansado de la civilización, alguien añora el retorno a una vida más natural, un vistazo al análisis sobre la mejora de la esperanza de vida humana publicado hoy en PNAS, le puede ayudar a apreciar la vida moderna, malos humos incluidos. El estudio, liderado por Oskar Burger, del Instituto Max Planck para la Investigación Demográfica,  muestra que gracias a los cambios que ha introducido para reducir las amenazas de su entorno, el ser humano ha incrementado su esperanza de vida en tres meses al año desde 1840.

Tomando como referencia a las tribus de cazadores recolectores, que tendrían las tasas de mortalidad “naturales” para los seres humanos ajenos a las últimas revoluciones científicas y tecnológicas, los autores muestran que un cazador recolector con 30 años tiene las mismas posibilidades de morirse con esa edad que un japonés de 72 años. De hecho, la transformación en las tasas de mortalidad ha sido tal que, en la actualidad, y siempre tomando como referencia los países avanzados, la diferencia en la esperanza de vida entre los cazadores recolectores y los habitantes del primer mundo es mayor que la que les separa, en este caso a su favor, de los chimpancés. Así, la posibilidad anual de morir de un chimpancé de 15 años, del 4,7%, solo la alcanza un cazador-recolector con 63 años. Pero la posibilidad de morir con 15 años para un cazador-recolector, del 1,3%, solo la alcanza un sueco a los 69 años.

En cuatro generaciones, la esperanza de vida humana ha avanzado más que en 6,6 millones de años de evolución

Gran parte de la mejora ha sucedido en tan solo cuatro generaciones (del total de unas 8.000 que han existido) que han visto cómo la mortalidad antes de los 15 años es 200 veces inferior y las posibilidades de morir en edades avanzadas se desplomaban. “Por ejemplo -apuntan los autores- la probabilidad anual de muerte para un cazador recolector de 65 años es del 5,3%; en contraste, para las personas de 65 años en Japón hoy está alrededor del 0,8%”. En contraste, la diferencia entre cazadores-recolectores y chimpancés se alcanzó durante 6,6 millones de años de evolución.

El incremento no se puede atribuir a la genética

El estudio muestra también que el aumento de la esperanza de vida es igual o mayor que el de varios animales de laboratorio a través de sistemas de selección artificial. En moscas de la fruta ha sido posible incrementar su esperanza de vida a un ritmo del 5% por generación. Este éxito palidece si se lo compara con el de los suecos, que pasaron de tener una esperanza de vida de 32 años en 1800 a los 82 actuales, a un ritmo de crecimiento del 12% por generación.

Los autores afirman que este incremento no se puede atribuir a una mejora genética. Las mejoras en la mortalidad humana no se han conseguido mejorando el organismo a través de cambios genéticos y fisiológicos sino eliminando riesgos en el entorno, “haciendo las heridas y enfermedades menos letales con la tecnología médica, y mejorando la salud en la vejez mejorando la nutrición y reduciendo las enfermedades durante la juventud”.

El incremento en la esperanza de vida se debe a la mejora artificial del entorno y no a una mejora del organismo

Los autores señalan por último que sus resultados plantean muchas preguntas para las teorías evolutivas que afirman que el genoma humano incluye una serie de mutaciones que son dañinas en edades avanzadas mientras pueden ser beneficiosas durante la juventud. Las bajas tasas de mortalidad de los suecos o los japoneses con 70 años pondría en duda el planteamiento de que la mortalidad durante las etapas más avanzadas de la vida está determinada por mutaciones dañinas que se acumulan cuando la fuerza de la selección natural se debilita con la edad. Estudios posteriores podrán ayudar a explicar los motivos de la gran maleabilidad de la mortalidad humana y cuáles son los límites a nuestra esperanza de vida.


REFERENCIA

doi:10.1073/pnas.1215627109


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