Materia, la web de noticias de ciencia

Lee, piensa, comparte

La enfermedad se ceba con los palestinos

Un tercio de los que viven en los campos de refugiados tienen una afección crónica. Dentro de los territorios ocupados, los israelíes dificultan el acceso a la salud

Más noticias de: guerra, salud pública

Ampliar

En los campos de refugiados, como el de Burj el-Barajneh (Líbano) en el que viven estas niñas, los palestinos presentan altos niveles de enfermedades crónicas, estrés e inseguridad alimentaria. / UNRWA Archives/de la Cruz

LEER
IMPRIMIR

El 31% de los palestinos refugiados en alguno de los campos de Líbano tienen una enfermedad crónica. El 52% de sus mal llamados hogares presentan goteras y muchos de ellos están construidos con materiales tóxicos como el amianto. El 63% de las familias que sobreviven en estos guetos aseguran tener problemas para conseguir comida. Tampoco en los territorios ocupados las condiciones son mejores. Buena parte de los niños sufren desórdenes alimentarios y las ambulancias palestinas apenas pueden entrar en Jerusalén, donde se concentran los hospitales. Esta es la radiografía de la salud de un pueblo sin Estado.

En marzo pasado se celebró en Beirut (Líbano) la segunda conferencia de The Lancet-Palestinian Health Alliance, unas jornadas impulsadas por la prestigiosa revista médica sobre el estado de salud del pueblo palestino. The Lancet publica ahora los resultados de las 32 investigaciones presentadas allí. Sin apenas una línea de política en los textos, los distintos trabajados, financiados por organizaciones como la Unión Europea o la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), están llenos de datos que revelan la dura realidad sanitaria de este pueblo tanto en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania como en los campos de refugiados desperdigados en los países cercanos a Israel.

En 1948, tras la primera guerra árabe-israelí y la creación del Estado de Israel, más de 700.000 palestinos salieron de sus tierras. Unos 100.000 fueron al norte, hasta Líbano, donde hoy son 400.000, la mayoría viviendo en campos de refugiados. A pesar de los 60 años transcurridos, su integración en la sociedad libanesa es escasa. Sin derechos ciudadanos y con limitaciones legales para trabajar o poseer un pedazo de tierra, los refugiados se concentran en guetos.

Graves enfermedades

Una investigación de la Universidad Americana de Beirut muestra la íntima relación entre condiciones de vida y enfermedad. Tras estudiar 2.500 hogares, comprobaron que el 31% de los individuos tenían alguna enfermedad crónica y otro 24% había sufrido alguna enfermedad grave en los seis meses anteriores a la fecha de realización del estudio. Más de la mitad de los hogares tenían goteras y un 8% estaban construidos con  materiales perjudiciales para la salud, como el amianto. Allí donde las casas eran peores, los índices de enfermedad eran más elevados.

En otra de las 32 investigaciones presentadas en la conferencia, y financiada por la Unión Europea, investigadores libaneses y estadounidenses comprobaron lo lejos que están las buenas intenciones de la realidad. Aunque la UNRWA es la encargada de dar asistencia a los campos de refugiados, las altas tasas de pobreza y escasez de medios de vida están provocando el miedo al hambre en los campos. Comprobaron que el 59% de las familias viven por debajo del umbral de la pobreza. El 63% de los entrevistados aseguraron soportar inseguridad alimentaria. Este trabajo, relacionado con el anterior, permitió comprobar la correlación entre el acceso al alimento y la presencia de alguna enfermedad crónica o discapacidad en algún miembro de la familia.

Un tercer trabajo llevado a cabo por investigadores de la Universidad Birzeit de Ramala se centró en la seguridad en cuatro campos de refugiados, tres poblados por palestinos musulmanes y un cuarto por palestinos cristianos. En las instalaciones, toleradas por el Gobierno libanés y mantenidas por la UNRWA, la vida se hace complicada. Sin luz, agua corriente y otros servicios básicos asegurados, el 38% de los encuestados dijeron tener altos niveles de estrés y, un tercio, sentirse inseguros.

La conferencia también asistió a la presentación del estudio del irlandés Yoga Nathan Velupillai. Ahora profesor de la escuela de medicina de la Universidad de Limerick, estuvo a mediados de la década pasada como voluntario de una ONG en los campos de refugiados. En 1996 realizó un trabajo de campo sobre el estado de salud de los palestinos. Velupillai encuentra que las cosas no han mejorado en estos 15 años.

El año que viene, la Alianza volverá a reunirse de nuevo, esta vez en suelo palestino. Quieren que sean los propios investigadores locales los que estudien la situación de su pueblo pero también esperan que “estos eventos anuales actúen como mecanismos para controlar a todos los que comparten la responsabilidad en el estado de salud de los palestinos, el Gobierno de Israel, la Autoridad Palestina, las naciones árabes de la región y la comunidad internacional, por sus obligaciones legales y, a veces, también sus actos y políticas ilegales”, escribe en un editorial Richard Horton, de The Lancet.



Morir porque no llega la ambulancia

El segundo gran foco de los estudios publicados por The Lancet está puesto en los palestinos que se quedaron en su tierra, en la franja de Gaza y en Cisjordania, muchos de ellos también como refugiados. La situación allí no  es mucho mejor. A los problemas de falta de un Estado como tal que se haga cargo de la salud pública, hay que sumar los obstáculos que ponen las autoridades israelíes.

La propia ocupación militar israelí restringe los movimientos de los palestinos, afectando al derecho a la asistencia sanitaria. Un estudio sobre la concesión de permisos para que los enfermos de los territorios ocupados y sus familiares puedan ir a los hospitales de Jerusalén Este, realizado a comienzos de este año, muestra que de los 175.228 que lo pidieron, el 19% lo vio retrasado o directamente rechazado. Incluso el personal sanitario tiene sus movimientos restringidos. De las 1.074 ocasiones en las que se solicitó que una ambulancia de los territorios pudiera entrar en Jerusalén, sólo 49 pudieron hacerlo. Al menos seis pacientes murieron mientras esperaban un permiso.

En otro de los trabajos, centrado en los escolares palestinos, se ha podido comprobar la alta prevalencia de desórdenes alimentarios. Basado en el trabajo en 22 escuelas, el estudio reveló que el 7% de los niños presentaba desnutrición crónica. Al mismo tiempo, un 12% tenía sobrepeso.

En una de las escasas investigaciones que tienen un mayor calado político, Randa May Wahbe, de la Universidad de Columbia (EEUU), desvela el lamentable estado de salud física y mental de los prisioneros palestinos en las cárceles israelíes. Aunque seleccionó a 100 exprisioneros, la falta de dinero le obligó a limitar su estudio a 10 ellos, por lo que advierte que son resultados parciales. Aún así, su trabajo muestra que la mitad de ellos todavía estaban recibiendo tratamiento meses después de haber salido de la cárcel y de enfermedades que contrajeron en ella. Todos, tenían problemas dentales y la mitad presentaban problemas relacionados con el aparato digestivo, debido posiblemente a la deficiente alimentación mientras estuvieron encerrados. Pero lo peor es que los responsables de las prisiones usaban la asistencia médica como chantaje: si los prisioneros palestinos querían ir a la enfermería, tenían que mostrarse colaboradores.



Sigue este tema:

#salud pública

Archivado en: guerra, salud pública




COMENTARIOS