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En Papúa Nueva Guinea los cerdos son clave para la paz

El estudio de tribus de Oceanía muestra métodos alternativos al derecho occidental para acabar con conflictos

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Miembros de un clan Enga ofreciendo cerdo como compensación para evitar la guerra tras un caso de homicidio / Polly Wiessner, University of Utah

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El psicólogo de la Universidad de Harvard Steven Pinker plantea en su libro Los ángeles que llevamos dentro que las sociedades humanas tienen unos orígenes violentos y anárquicos que se van corrigiendo con el crecimiento del Estado. El monopolio de la violencia y la creación de instituciones capaces de gestionar los conflictos entre individuos o grupos de personas, tal y como sucede en occidente, habría sido la clave para evitar interminables enfrentamientos provocados por venganzas encadenadas y llegar a la actual etapa, relativamente pacífica, de la civilización.

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Sin embargo, según un nuevo estudio publicado la semana pasada en la revista Science, es posible que algunas sociedades primitivas tuviesen formas efectivas propias de acabar con la guerra, algo que Pinker, que no obstante ha valorado el gran interés de este trabajo, y otros investigadores consideran improbable. La antropóloga de la Universidad de Utah Polly Wiessner, autora principal del estudio, analizó el sistema de resolución de conflictos de las tribus Enga de Papúa Nueva Guinea, que pueden ser un ejemplo sobre cómo evitaban la guerra nuestros ancestros cuando las sociedades aún eran más reducidas y simples.

La compensación, en forma de cerdos o dinero, y no el castigo, es la clave en la justicia de los clanes Enga

Las tribus Enga, que estuvieron aisladas del mundo exterior hasta la década de 1950, habían luchado durante siglos con arcos y flechas para resarcirse frente a insultos o heridas, para mostrar su fuerza o restablecer el equilibrio de poderes. Con la introducción de la patata dulce hace 350 años se produjeron importantes cambios económicos y desplazamientos de población que produjeron guerras. Y, para resolverlas, se creó un sistema ceremonial de intercambio llamado Tee y pensado para restablecer los lazos rotos durante el enfrentamiento.

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Miembros del clan del asesinado ejecutan un ataque simulado antes de un encuentro para recibir compensación y evitar la guerra / Polly Wiessner, University of Utah

Este sistema de justicia se basaba más en la compensación de quienes hubiesen sufrido algún daño que en el castigo y esa compensación solía tener como protagonistas a los cerdos. Este tipo de intercambios “implicaba a 60.000 personas y la entrega de cientos de miles de cerdos”, explica Wiessner en un comunicado de la Universidad de Utah. “Los cerdos eran la moneda de cambio”, añade.

La introducción de las armas de fuego hizo que en 20 años de guerras muriese el 1% de la población

Con la llegada de la colonización australiana, las armas occidentales fueron las responsables de mantener la paz y las costumbres ancestrales se diluyeron. El último Tee se celebró en 1979, cuatro años después de la independencia de Papúa Nueva Guinea, en 1975. Con la independencia crecieron las desigualdades sociales y los conflictos resurgieron y se agravaron. “Alguien se mete en una pelea, roba un cerdo o viola a una mujer y el clan debe mostrar que tiene fuerza para defenderse”, afirma Wiessner.

La llegada de las armas de fuego

Aunque en los ochenta las guerras fueron numerosas, solo se llevaban a cabo a la antigua usanza, con arcos y flechas, y los muertos eran pocos. En tiempos precoloniales Wiessner calcula una media de 3,5 fallecidos por enfrentamiento bélico, pero a partir de 1990 una incorporación tecnológica cambió por completo la situación. Jóvenes de los clanes introdujeron armas de fuego automáticas y se empezaron a contratar mercenarios para resolver los conflictos. Las muertes se multiplicaron por más de cinco (19 por guerra) y el caos se adueñó de aquellos pueblos. Entre 1991 y 2010 se produjeron 500 guerras entre clanes que acabaron con la vida de 4,816 personas, casi un uno por ciento de los Enga, que son medio millón.

«Nuestro sistema es mejor sacando de la circulación a los delincuentes, pero con frecuencia el infractor no compensa y la víctima no obtiene nada»


Polly Wiessner
Departamento de Antropología de la Universidad de Utah

Tras años de interminables venganzas, los Enga se cansaron de la guerra. Según explica Wiessner, la gente era desplazada de sus tierras y tras años de conflicto estaban agotados económicamente. Junto a este aspecto económico y en parte gracias a él, los tribunales tradicionales volvieron a tener fuerza y a resolver los enfrentamientos de acuerdo a las necesidades de aquellas comunidades, restaurando las relaciones con una especial atención a las compensaciones. Y por último, contaron con una ideología que sirvió de marco para la paz que, como antes lo habían sido otras creencias ancestrales, fue el cristianismo. Los Enga se consideran cristianos y, aunque esto no había impedido las guerras, esta religión y sus festividades supusieron un apoyo emocional para construir la paz.

“Su sistema se construye sobre la restauración del respeto, la aceptación de la responsabilidad y el pago de una compensación”, apunta Wiessner. El sistema judicial occidental está pensado para “una sociedad más amplia y anónima”, afirma. “Nuestro sistema es bueno sacando de la circulación a los delincuentes -el suyo no- pero con frecuencia el infractor no acepta la responsabilidad ni compensa, con lo que la víctima no obtiene nada”, añade la autora del estudio. El sistema de justicia Enga acaba pocas veces con  el delincuente en la cárcel, pero las víctimas suelen recibir algo que les ayuda a superar el daño que les han causado.

El estudio de Wiessner puede servir para comprender el modo en que las sociedades ancestrales de cazadores-recolectores controlaban por el bien de la sociedad el odio de las personas que habían sufrido un crimen. Los tribunales tradicionales de los Enga son una muestra de cómo mejora la convivencia que la justicia no la imparta el propio damnificado sino que sean terceros los que de un modo racional traten de ajustar cuentas.

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REFERENCIA

DOI: 10.1126/science.1221685


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