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El cine da una visión distorsionada del cáncer

Un estudio analiza la presencia de la enfermedad en decenas de películas desde los años 30. Los protagonistas son mayoritariamente jóvenes, de clase media alta y casi siempre mueren

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Jóvenes, de clase alta, con un cáncer poco habitual y para el que no hay esperanza. Así es como ve el cine a los enfermos oncológicos, algo muy alejado de la realidad. Tras analizar decenas de películas de los últimos 70 años, un grupo de investigadores sostiene que el tratamiento de este mal ha mejorado en los últimos años y, a pesar de que la mayoría de los protagonistas mueran por exigencias del guión, los filmes cumplen una labor pedagógica a la hora de socializar el problema del cáncer.

Un grupo de oncólogos, psicólogos y hasta filósofos italianos han revisado 75 películas de todos los tiempos, empezando con Amarga Victoria (1939), interpretada por Bette Davis. Buscaban que al menos uno de los protagonistas principales tuviera cáncer, aunque la enfermedad no fuera el tema central de la historia. También analizaron de forma paralela varios centenares de investigaciones previas. Sus resultados, presentados en la reunión anual que la Sociedad Europea de Medicina Oncológica está celebrando en Viena, muestran que 40 de los pacientes eran mujeres y el resto hombres. La mayoría, el 64% pertenecían a las clases media-alta y alta. Por tipos de tumores, los más frecuentes en las pantalla son el linfoma, los que afectan al sistema nervioso central (cerebrales) y la leucemia. En 21 de los filmes no se especificaba el tipo. Por último, en el 63% de los casos, la película acaba con la muerte del personaje enfermo. Fríos datos que no se corresponden con toda la realidad.

Influencia ambiental

“Hemos encontrado una gran coicidencia en asuntos muy importantes, como la epidemiología y la influencia medioambiental en películas como Erin Brockovich o Michael Clayton, las implicaciones económicas de las terapias como en Legítima defensa o los cuidados en la fase terminal como en Las invasiones bárbaras“, explica en un correo electrónico el profesor de filosofía de la Universidad de Roma La Sapienza y coautor del trabajo, Luciano De Fiore. “Pero hay también distorsiones: muy a menudo, el enfermo no consigue superar la enfermedad y su muerte es de alguna forma útil para el resultado de la trama. Este patrón está tan fuertemente normalizado que persiste a pesar de que los tratamientos han tenido un progreso real”, añade.

Otra licencia que se toma el cine es la de representar a enfermos muy jóvenes. “No encontramos demasiados pacientes de edad avanzada en estas películas”, cuenta De Fiore. Casos como el de Clint Eastwood en Gran Torino son excepcionales. Además, “Hollywood no parece muy interesado en los big killers (tumores más letales), describiendo raramente los cánceres más comunes, salvo los tumores pulmonares”, añade. Su trabajo también ha revelado que casos como el cáncer de mama, que tiene un gran impacto en las mujeres, están escasamente representados. Y, sin embargo, la leucemia, los linfomas y los tumores cerebrales, que son relativamente menos habituales en la realidad, copan  el protagonismo en las películas.

El paso del tiempo sí ha ido mejorando el lado científico del cáncer en el cine. Los síntomas, los test de diagnóstico y los tratamientos tienden a estar basados en la vida real, en especial en la producción de los últimos 20 años, dice el estudio.

La especial sensibilidad de Isabel Coixet

Los investigadores no han visto que Hollywood trate el asunto de forma diferente al cine europeo o al independiente aunque sí hay varias sensibilidades. “Los temas del cáncer no difieren demasiado entre los países. Sin embargo, algunos directores parecen tener una senbilidad particular hacia las historias relacionadas con la enfermedad. La española Isabel Coixet, por ejemplo, ha dirigido un par de películas como Mi vida sin mí y Elegy retratando las emociones y pensamientos de enfermas femeninas con gran profundidad”, cuenta De Fiore.

Cuando se le pregunta por el riesgo de inmunización que supone mostrar el dolor en el cine, De Fiore reconoce que, como ocurre con la violencia, el cine provoca un fenónemo anestésico ante lo que es negativo o doloroso, pero cree que esto no ocurre con el cáncer. “Los espectadores tienen la posibilidad de sentir la experiencia de lo que ven en la pantalla y la emoción puede devenir en discurso, ofreciendo una gran ventaja para la socialización del cáncer: de un problema personal o familiar a un asunto de relevancia colectiva”, concluye De Fiore.

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