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La liberación de CO2 en el Ártico es mucho mayor de lo calculado

Un equipo liderado por una española descubre que la liberación de carbono en la inmensa costa de Siberia multiplica por 10 lo estimado anteriormente

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Una de las paradas para recoger muestras en la costa de Siberia / IC3

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Un día de agosto de 2008, cuando medio mundo estaba pendiente de la guerra entre Georgia y Rusia, la española Laura Sánchez, con 30 años, embarcaba en el buque Yacob Smirniskyi para comenzar una épica travesía de más de 8.000 kilómetros por la costa de Siberia. En apenas mes y medio, la tripulación, en su mayoría científicos de la Universidad de Estocolmo, recogió centenares de muestras de agua y sedimentos desde el puerto noruego de Kirkenes, 400 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, hasta el mar de Chukotka, donde la punta noreste de Asia y la noroeste de América se dan casi un beso.

Los científicos sabían, desde que otros investigadores dieron la voz de alarma en 2004, que aquellas costas por las que navegaban supuraban dióxido de carbono, el gas responsable del calentamiento global que sufre el planeta. La descongelación del suelo ártico, el llamado permafrost, a causa del aumento de las temperaturas y de la ligera subida del nivel del mar estaba dejando al descubierto, delante de sus ojos, materia orgánica metida en el congelador desde el Último Máximo Glacial, hace unos 20.000 años. Y, al derretirse, esos restos de origen vegetal y animal quedaban a disposición de los microorganismos, que tras su festín de carbono liberaban gases como el dióxido de carbono (CO2) y el metano (CH4).

Emitiendo como Holanda

Cuatro años de análisis después, los científicos encienden hoy las luces rojas en la región. La liberación de carbono por la descongelación del suelo ártico podría alcanzar los 44 millones de toneladas anuales, “una cantidad 10 veces superior a lo que se estimaba anteriormente”, según explica ahora Sánchez. “Es una cantidad similar a lo que emite un país como Holanda cada año”, ilustra. Los autores del análisis, que se publica hoy en la revista Nature, dan la cifra en megatones, la unidad que recuerda al efecto devastador de las bombas atómicas. Hablan de 44 megatones. El 66% de esta cantidad se escapa a la atmósfera en forma de CO2. La cantidad restante acaba arrastrada al fondo marino.

En el contexto mundial estas emisiones apenas representan el 0,1% anual

“No queremos ser alarmistas, porque en el contexto mundial estas emisiones actualmente apenas representan el 0,1% anual, pero sí es un descubrimiento importante porque los depósitos de carbono del permafrost ártico suponen el 50% de lo almacenado en los suelos de todo el mundo y, si esto sigue así, será un grave problema”, señala Sánchez.

El fenómeno se alimenta a sí mismo. Con el aumento de las emisiones de CO2, se incrementan las temperaturas. El termómetro global del planeta ha subido 0,74 grados de media durante el último siglo, pero en el Ártico esta cifra se multiplica por dos. Y a más calor, mayor deshielo y más liberación de CO2 en el permafrost.

Un territorio como dos Españas lleno de carbono

Los autores, encabezados por Sánchez, antes en la Universidad de Estocolmo y ahora en el Instituto Catalán de Ciencias del Clima, se han centrando en el Yedoma, un tipo de suelo ártico trufado de carbono orgánico que ocupa un millón de kilómetros cuadrados (como dos Españas). Es la primera fuente del carbono que llega al fondo del mar, a los sedimentos marinos.

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La ambientóloga Laura Sánchez, en primer plano / IC3

Sin embargo, como subraya Robie Macdonald, del Ministerio de Pesca y Océanos de Canadá, el equipo de Sánchez se ha centrado en el Yedoma de la costa de Siberia, pero hay más permafrost en el interior de Rusia y en el norte de América, que también requieren más estudio. Macdonald, ajeno a este trabajo, fue uno de los investigadores que en 2004 calcularon la liberación de CO2 en el Ártico, muy por debajo de la realidad, como se ve ahora.

“No importa cómo lo mires, el suelo ártico guarda una enorme reserva de carbono antiguo que se encuentra en riesgo. Y estos autores sugieren que el riesgo es mayor de lo que pensábamos, lo cual no me sorprende”, apunta. “El porcentaje del 66% liberado a la atmósfera es lo que hace que se me levanten las cejas. En el contexto del clima, esta es la parte preocupante”, lamenta.



Una posible bomba de relojería para el clima

Robie Macdonald, profesor en las universidades de Victoria y Manitoba, recuerda que hay “otra pieza del rompecabezas que aquí no se discute: el carbono orgánico disuelto”. Este carbono, “un misterio en el interior del océano Ártico” según Macdonald, se suma al carbono orgánico disuelto que llega por los grandes ríos al mar y al procedente de la erosión de la costa por las olas. “Este depósito puede ser mayor de lo que pensamos”, sostiene el profesor. “Por supuesto, si una parte del carbono del permafrost acaba disuelta en las profundidades del océano, no se libera a la atmósfera. Pero, ¿cuánto tiempo estará [en el fondo del mar] ese carbono?”, alerta.




REFERENCIA

DOI: 10.1038/nature11392


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