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El olvidado fundador de la ‘National Geographic’ franquista

Valeriano Salas dedicó su fortuna a viajar por todo el mundo y en 1938 creó la ‘Revista Geográfica Española’, con la que convirtió el paisaje en propaganda patriótica

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Valeriano Salas posa frente a los Budas de Bamiyán, en Afganistán, en 1936 / Journal of Historical Geography

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Parece un personaje inventado en la época, como el Jabato o el Capitán Trueno, pero, aunque sea conocido apenas en su pueblo, existió. Y su biografía es tan fascinante que parece mentira que no aparezca en el monumental y polémico Diccionario Biográfico Español. Ni tan siquiera le conoce la Wikipedia.

Pero el 8 de abril de 1936, cuando muchos españoles entonaban el miserere en las tinieblas de la Semana Santa y otros preparaban la fiesta por el quinto aniversario de la República, Valeriano Salas cogió su camioneta Ford y partió de San Sebastián para iniciar un fabuloso viaje de más de 20.000 kilómetros hasta Bombay. Acompañado por su esposa, María Antonia Tellechea, y un mecánico, recorrió Constantinopla, Damasco, Bagdad, Teherán y Kabul, entre otras ciudades de Asia. Cuando estalló la Guerra Civil española, el 18 de julio, los intrépidos viajeros se encontraban en Srinagar, la ciudad del valle de Cachemira en la que se encuentra la supuesta tumba de Jesucristo. Y pocas semanas antes los aventureros se habían fotografiado a los pies de los Budas de Bamiyán, dinamitados por los talibán en 2001.

Salas había nacido en el pueblo salmantino de Béjar en 1898, hijo de un terrateniente local y de una rica heredera de una familia de la burguesía donostiarra, los Brunet, propietarios del Banco de San Sebastián y del Gran Casino. Cuando se enteró del golpe de Estado en España, aceleró su regreso para apoyar a los militares sublevados, como recuerdan los historiadores de la Universidad Carlos III de Madrid Jacobo García y Daniel Marías, empeñados ahora en sacar del olvido a Valeriano Salas en el 50 aniversario de su muerte.

Una amnesia injustificada

Ambos consideran “poco justificado” que Salas se haya esfumado de la historia de España, porque no fue sólo un turista acaudalado. En 1938, el viajero fundó la Revista Geográfica Española, imitadora de la ya entonces célebre National Geographic, creada en EEUU en 1888. La publicación se convirtió, desde su número 1, en un brazo propagandístico de la dictadura de Francisco Franco, pero también generó un ingente arsenal de imágenes de España y sus antiguas colonias hoy ignorado y prácticamente en paradero desconocido.

Fotografía de Franco en el primer número de la Revista Geográfica EspañolaAmpliar

Fotografía de Franco en el primer número de la Revista Geográfica Española / JGH

Salas editó la revista hasta su muerte, en 1962, publicando sus aventuras por medio mundo. El viaje a Bombay no había sido el primero. En el otoño de 1930, junto a su mujer y dos mecánicos, intentó emular el Crucero Negro, la aventura concebida en 1924 por André Citroën para publicitar su marca de automóviles. La expedición del ingeniero francés salió del cuartel de la Legión Extranjera en Béchar (Argelia) y llegó, a lomos de vehículos semiorugas, a Suráfrica y Mozambique ocho meses después. El equipo de Salas partió de Argelia con dos camionetas Ford y regresó a San Sebastián, sano y salvo tras recorrer la región ecuatorial de África, el 6 de abril de 1931, a tiempo para ser testigos de la caída del rey Alfonso XIII y la proclamación de la República.

“Durante la Guerra Civil, Salas se alineó decididamente con el llamado bando nacional, estuvo en el frente y, junto con su padre, realizó para el Ejército importantes donaciones”, explican García y Marías en la revista especializada Journal of Historical Geography, en la que ahora resumen sus investigaciones sobre el insólito personaje. Con su dinero, Salas se ganó pronto la Cruz del Mérito Militar y los favores del régimen.

La “inconmovible metafísica española”

La Revista Geográfica Española nació para dar “a conocer los países y las tierras lejanas”, dando preferencia a “los que, más allá del mar, nacieron en una misma unidad de destino a la Religión y la Cultura”, según el editorial de su número 1, que iba acompañado de una fotografía de Franco vestido de militar señalado a un mapa, en una pose forzada y ridícula. “Detrás de cada uno de los accidentes naturales de nuestra España, en la pobreza de la estepa, y en el fervor de la meseta, está la eterna e inconmovible metafísica española”, añadía el texto.

Portada del primer número de la revista, con una fotografía de Salas de las ruinas de Ctesifonte, en IraqAmpliar

Portada del primer número, con una fotografía de Salas de las ruinas de Ctesifonte, en Iraq / JGH

Y la revista fue fiel a su primer editorial a lo largo de sus 63 números, consagrando ediciones especiales a antiguos territorios españoles, “la huella de España en el mundo”: EEUU, Cuba, Chile, Guinea, Argentina y Filipinas, entre muchos otros. También al norte de África, con expediciones a la minúscula colonia de Ifni y al Sáhara español. “Esos pedazos de tierra española [...] pueden ser mañana los primeros jalones de un Imperio”, afirmaba Salas en su revista, asumiendo las intenciones expansionistas de una parte del Ejército.

Los biógrafos del viajero también destacan la “predilección” de Salas por mostrar castillos, monasterios, iglesias, catedrales y rutas de peregrinación, elementos “conectados con una visión de la identidad nacional afín, en buena medida, al ideario del régimen”. La Revista Geográfica Española dedicó 13 números extraordinarios a los castillos españoles, una de las obsesiones de Salas, cofundador en 1952 de la Asociación Española de Amigos de los Castillos, que todavía hoy defiende este patrimonio monumental.

Miles de negativos desaparecidos

Los profesores de la Universidad Carlos III de Madrid han rastreado los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores en busca de otra de las iniciativas de Salas, “que ha pasado totalmente desapercibida para los historiadores”: el Archivo Fotográfico Hispánico, un tesoro hoy perdido. La Dirección General de Relaciones Culturales nombró a Salas director de este archivo en 1947. Uno de sus objetivos era organizar exposiciones fotográficas en otros países, que podrían “tener extraordinaria importancia como propaganda espiritual de España”, según resumía el propio Salas.

Pero las referencias a este archivo en los documentos del Ministerio desaparecen en 1952. De repente, el archivo parece esfumarse. “El paradero de los, teóricamente, miles de negativos o clichés fotográficos que Salas obtuvo para el archivo sigue siendo un misterio”, señalan los historiadores.

Su colección de imágenes desapareció y pronto también lo hizo el propio Salas. Tras un nuevo periplo por India, el viajero español empezó a sufrir dolores insoportables en la tripa. Una extraña enfermedad atacó sus intestinos y acabó con su vida el 2 de abril de 1962. El último viaje del hombre que convirtió el paisaje en propaganda patriótica fue entre Madrid y el cementerio de Béjar, metido en una caja de madera.



Un viajero enamorado de Afganistán y decepcionado por Teherán en 1936

Valeriano Salas se sentía “prisionero de la civilización, de los prejuicios que ha sabido crear en torno nuestro para complicarnos estúpidamente la vida”. Fue feliz en la soledad de Afganistán, en los barrancos de Malí y en la orilla del río Níger. “Libres, sin necesidades que compliquen absurdamente su existencia y sin que nadie ose jamás pedirles cuenta de sus actos, vagabundean por el Sáhara a su antojo”, escribía con admiración sobre una tribu nómada del norte de África.

En otro estudio publicado en la revista electrónica Scripta Nova, Jacobo García y Daniel Marías recordaban la fascinación de Salas por Afganistán, “quizá el único país del mundo en el que estalló una revolución sólo porque no quería modernizarse”.

“Con la clara intuición que caracteriza a esta raza, tal vez primitiva, pero de inteligencia privilegiada, supieron comprender a tiempo que los adelantos que les brindaban: ferrocarriles, fábricas, modernas explotaciones de minas, etc., si bien podían traerles riqueza, iban seguramente a hacerles perder para siempre la independencia y el placer de vivir como ellos lo entienden: sin comodidades que no necesitan pues no las conocen, pero también sin grandes preocupaciones, pues tienen la dicha de habitar en uno de los países más fértiles y ricos del mundo”, afirmaba sobre los afganos.

Ya mayor, cuando recordaba sus “correrías” por África, sentía nostalgia. “Aquello es la libertad, las noches estrelladas magníficas, el desierto sin límites, las selvas infinitas, el dolce far niente alejado del mundo, de su vivir acelerado, de sus ciudades, de sus periódicos, de su política llena de intrigas y ambiciones… Allí, al saberse desligado de esas pesadas cadenas que nos vemos precisados a arrastrar a lo largo de nuestra existencia, se siente uno alegre y satisfecho”.

En cambio, la actual capital de Irán le decepcionó. Para Salas, era demasiado moderna, ya en 1936. “Teherán […] ha perdido casi todo su cachet oriental, y sólo las tres magníficas puertas que de la ciudad quedan en pie nos recuerdan su pasado esplendor. No podemos menos de pensar con cierta melancolía en esas callecitas tortuosas y estrechas, pero seguramente tan típicas y llenas de poesía, que han sido derribadas para dar paso a estas anchas, pero prosaicas y absurdas avenidas rectilíneas, bordeadas de edificios de ínfima categoría, que quisieran imitar a los de las grandes capitales y no pasan de ser en realidad más que una mala caricatura de ellos”.

Su revista sobrevivió tras su muerte, hasta 1977, cuando cerró con una tirada media de unos 2.000 ejemplares.




REFERENCIA

DOI: 10.1016/j.jhg.2012.06.001


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