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Un tesoro oculto de 1.800 cráneos humanos en Madrid

El Museo Nacional de Antropología custodia cabezas reducidas de Ecuador y otros restos obtenidos en el siglo XIX en Perú y Bolivia. La Unesco defiende la restitución a su lugar de origen

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Los almacenes del Museo Nacional de Antropología esconden un 'tesoro' de 1.800 cráneos humanos, decenas de ellos procedentes de América, como una colección de cráneos deformados de Perú y Bolivia y cuatro momias andinas obtenidas por una expedición española en 1866.
  • Cabeza humana reducida

    Cabeza reducida con la boca cerrada con cuerdas de algodón, procedente de la cabecera del río Amazonas, en Ecuador.
  • Cabeza humana reducida

    Cabeza reducida recogida en la Cuenca del Amazonas en 1865.
  • La deformación del cráneo

    Cráneo femenino deformado procedente de Tiahuanaco (Bolivia).
  • Cabeza humana reducida

    Esta cabeza reducida procede de Ecuador y fue recogida por la Comisión del Pacífico en el siglo XIX.
  • Almacenes abiertos

    La conservadora de la colección de América del Museo, Patricia Alonso, muestra los almacenes de la institución.
  • Cabeza humana reducida

    El escritor español Víctor Balaguer donó al Museo esta cabeza humana reducida en el siglo XIX, procedente de Ecuador.
  • Cráneo de época prehispánica

    Cráneo femenino recogido por Manuel Almagro en el desierto chileno de Atacama, datado entre 400 y 1450.

FOTOGALERIA | / Arantxa Boyero y Miguel Ángel Otero

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Se abre la puerta de un armario en Madrid en 2012 y aparece una mueca de horror congelada hace unos 150 años en la otra punta del mundo. Entonces, en la cabecera del río Amazonas, un guerrero jíbaro mató a su enemigo, le cortó la cabeza, le extrajo el cráneo y coció su piel. El resultado, una cabeza reducida del tamaño de una pelota de béisbol, mira ahora al visitante desde el fondo de una balda, rodeada de cerámicas peruanas para elaborar cerveza de mandioca.

Los almacenes del Museo Nacional de Antropología esconden un tesoro de 1.800 cráneos humanos, decenas de ellos procedentes de América, como una colección de cabezas reducidas por los jíbaros en Ecuador y una serie de cráneos deformados de Perú y Bolivia obtenidos por una expedición española entre 1862 y 1866. Este auténtico cementerio científico, en pleno centro de Madrid, es la reminiscencia de los museos antropológicos del siglo XIX, cuando eran considerados “gabinetes de curiosidades”. Hoy esta colección no está expuesta al público, salvo un puñado de excepciones.

La propia directora del Museo desde 1973, Pilar Romero de Tejada y Picatoste, es reticente a hablar de esta colección, empeñada desde hace décadas en corregir “la leyenda negra de origen periodístico y oscuro, relacionada principalmente con su primer fundador, Pedro González de Velasco, que le describía como un demente  y a su museo como una casa tenebrosa”, como ya anunciaba en su libro Un templo a la ciencia (1992).

 ”Nadie nos ha reclamado nada”, explica una conservadora del Museo

Hace dos años, Romero de Tejada tragó saliva. El Gobierno de Nueva Zelanda reclamó 15 cabezas tatuadas maoríes exhibidas en los museos de Francia. Tras meses de polémica, la Asamblea Nacional francesa votó a favor de devolver los cráneos y de estudiar otras reclamaciones similares. La Unesco, que defiende la restitución de restos humanos a su lugar de origen, aplaudió entonces con fuerza el gesto de Francia. En el caso del Museo de Madrid, hay 46 cráneos procedentes de América. “Nadie nos ha reclamado nada, pero quizá sea porque somos un museo pequeño y poco conocido”, explica la antropóloga Patricia Alonso, conservadora de la colección de América del Museo.

Con justificación científica

Alonso abre las puertas de sus almacenes a MATERIA. Muestra tres cabezas reducidas por los jíbaros en la Cuenca del Amazonas, llevadas a España por la Comisión del Pacífico, una expedición que recorrió el sur de América entre 1862 y 1866 y trasladó a través del Atlántico más de 80.000 objetos de la naturaleza y las culturas americanas, con destino a los museos científicos españoles. La expedición, que acompañaba a una escuadra de guerra con la misión de solucionar el impago de una supuesta deuda peruana a España, también se apropió de 40 cráneos guaraníes, quechuas y aymaras. Estos restos humanos rara vez se muestran al público, pero están disponibles para los investigadores interesados.

“Hoy en día no podemos exponer una cabeza reducida sin una justificación científica”, admite Alonso. El Museo sólo se atreve a exponer una, en una vitrina dedicada a armas cortas y guerra en la tercera planta, la de América. La cabeza fue obtenida en 1865 por Manuel Almagro y Vega, uno de los miembros de la Comisión Científica del Pacífico. Almagro consiguió en la provincia de Mora Santiago, en Ecuador, esta y las otras tres cabezas ocultas en los almacenes del Museo. Hoy se exhibe sin levantar polémicas junto a un escudo circular de los jíbaros, una maza de guerra comanche de las Grandes Llanuras de EEUU y una honda del área andina de Perú.

“Nuestra postura en cuanto a exponer restos humanos es que tiene que tener un sentido que vaya más allá del morbo que provocan entre el público. La mayoría de los restos humanos que se encuentran expuestos están en la sala dedicada a los orígenes del Museo, donde se recrea cómo era un museo de antropología en el siglo XIX”, explica Alonso. “La cabeza reducida auténtica que está expuesta se encuentra en una vitrina dedicada a la guerra, porque los grupos de lengua jibaroana reducían las cabezas de sus enemigos muertos para encerrar el alma vengativa en ella y así evitar que les hiciera algún daño”, añade.

Algunos de los cráneos del Museo son joyas de la antropología, como uno perteneciente a una mujer de Tiahuanaco, en el altiplano boliviano, que se comprimió la cabeza con vendajes muy apretados durante toda su vida para alargársela. La deformación artificial del cráneo era una práctica extendida en algunas zonas de América en época preincaica.

Zoológicos humanos

El Museo Nacional de Antropología esconde muchos más secretos. Custodia 2.625 piezas procedentes de América, pero sólo expone 359, menos del 14%. Hay de todo: armas, utensilios, adornos e indumentaria de decenas de pueblos americanos.

Alonso camina por la sala dedicada a los orígenes del Museo. “Este es el único resto que nos reclaman”, dice, señalando a la célebre momia guanche, procedente de la isla de Tenerife. En mayo, el Congreso de los Diputados rechazó una propuesta de Coalición Canaria para trasladar a la momia, la mejor conservada de las conocidas, de vuelta al archipiélago. A su lado, en el Museo, se encuentra el esqueleto del llamado gigante extremeño, un hombre de 2,35 metros que trabajaba en un circo y que donó su cuerpo al fundador del museo a cambio de 3.000 pesetas alrededor de 1875.

La deformación artificial del cráneo era una práctica extendida en la época preincaica

El núcleo de la colección de cráneos fueron los 500 ejemplares, casi todos españoles, del médico segoviano Pedro González Velasco, fundador del Museo en 1875. El doctor Velasco recogió durante años cráneos malformados españoles, pero también cráneos momificados de Egipto y ejemplares de otros países. En su primer medio siglo de existencia, la colección se amplió con donaciones de cráneos encontrados en excavaciones o directamente recogidos en cementerios españoles.  También llegaron cráneos pertenecientes a los diferentes grupos étnicos de Filipinas y de las islas Marianas y Carolinas, procedentes de una exposición sobre estos lugares que se celebró en el parque del Retiro de Madrid en 1887. La exposición, para la que se construyó uno de los lagos del parque, incluía un zoológico humano, hoy inimaginable. Ese morbo, que llevaba en masa a los madrileños a ver a los grupos de nativos de Filipinas encerrados en un corral en pleno verano, es el mismo que hoy explica que 1.800 cráneos estén guardados a cal y canto en los almacenes del Museo Nacional de Antropología.



La leyenda negra del doctor Velasco

A finales del siglo XIX, medio Madrid hablaba del alma destrozada del médico segoviano Pedro González Velasco, fundador del Museo Nacional de Antropología en 1875. Su hija, Concepción, había muerto en 1864, a la edad de 15 años, y los madrileños decían que sentía tanto amor por ella que la embalsamó y la paseaba en calesa por la ciudad, que la sentaba a comer en su mesa, que la llevaba a las corridas de toros y al teatro. Nada es cierto, como ha detallado un equipo de científicos dirigido por Enrique Dorado, médico forense de la Universidad de Alcalá de Henares, pero la leyenda se acerca en esta ocasión a la verdad.

En realidad, Velasco embalsamó a su hija inyectándole una solución de ácido arsenioso y cloruro de zinc disuelto en alcohol en una arteria femoral. Once años después de su muerte, cuando el rey Alfonso XII inauguró el Museo, Velasco desenterró a su hija en el cementerio de San Isidro y la colocó en una urna de cristal en la capilla del Antropológico. Su discípulo, Ángel Pulido, dejó escrito en un libro de 1894 el mejor testimonio de la locura de un padre que se había acostumbrado a convivir con la muerte tras diseccionar más de 8.000 cadáveres a lo largo de su vida:

“No es posible imaginar los extremos a que este hombre llevó el amor a los despojos de su Concha. En el otoño del 75, y cuando lo creyó conveniente, dispuso que una modista los vistiese con precioso traje de raso blanco, calzó sus manos y pies con elegantísimos guantes y zapatos de raso, colocó pulseras en sus muñecas, cubrió su cabeza con peluca y manchó su rostro con colorete; en una palabra, procuró por retocados artificios disimular todo lo posible la muerte, para dar apariencias de cuerpo dormido a los restos de su hija, ya entonces, y por la evaporación, mucho más desfigurados; y alimentó algún tiempo, ¡idea incomprensible en estado de razón!, el propósito de sentarlos a la mesa, a lo cual, sin duda, hubo de oponerse su esposa, quien veía esto con natural disgusto”.

El premio Nobel de Literatura de 1922, Jacinto Benavente,  recuerda en sus memorias (Recuerdos y olvidos, 1959) que “todas las mañanas la primera visita [del doctor Velasco] al despertarse era para su hija: descubría la urna, se sentaba junto a ella y hablaba, hablaba él solo con su hija largo rato”. Tras la muerte de Velasco, en 1882, su mujer decidió devolver el cadáver embalsamado de su hija al cementerio de San Isidro, donde sigue enterrado con sus padres. La niña del médico segoviano desapareció del museo, como ha desaparecido su colección de cientos de restos humanos, despojada de una justificación científica para exhibirse en pleno siglo XXI.



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