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ENTREVISTA | Makoto Watanabe, ingeniero nuclear japonés

“Fallamos en Fukushima”

Uno de los responsables de la Agencia de Seguridad Nuclear de Japón hace autocrítica más de un año después de la catástrofe

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Makoto Watanabe, en las instalaciones de la NISA. Ampliar

El ingeniero nuclear Makoto Watanabe, en las instalaciones de la NISA. / MATERIA

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Mientras el eje de la Tierra se desplazaba de golpe 17 centímetros por el quinto mayor terremoto del siglo, Makoto Watanabe estaba relajado en un hotel de Washington navegando por internet. Fue la última vez que sintió la paz. Era el 11 de marzo de 2011 y todavía no sabía que tenía por delante una de las tareas más complicadas del planeta. Una ola de 15 metros estaba a punto de arrasar la central nuclear de Fukushima y de destapar una cadena de incompetencias de la empresa propietaria, Tepco, y de los organismos de supervisión de la energía atómica que iba a acabar provocando la evacuación de 160.000 personas.

III Makoto Watanabe

El ingeniero nuclear Makoto Watanabe nunca ha trabajado para la industria atómica de su país, siempre ha estado al servicio del Gobierno. Como jefe del departamento de relaciones públicas de la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial (NISA) de Japón, Watanabe (Yokkaichi, 1963) vivió y sigue viviendo en primera fila el peor desastre nuclear desde Chernóbil. ¿Ha cambiado de opinión sobre la energía nuclear tras Fukushima? “No estoy en posición de responder. Es una pregunta demasiado personal”, contesta.

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El trabajo de Watanabe, a más de 7.000 kilómetros de su oficina, era explicar qué estaba pasando en Fukushima y qué había fallado. Era, y sigue siendo, el jefe del departamento de relaciones públicas de la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial (NISA) de Japón, una de las responsables del desastre según los propios informes oficiales.

Aquella noche, a Watanabe, en Washington por una reunión con la Comisión Reguladora Nuclear de EEUU, se le atragantó la cena. Un diario online japonés hablaba de un terremoto brutal y un tsunami gigantesco barriendo la costa del país. La CNN empezaba a emitir las primeras imágenes. “Fue dramático ver el mar devorando a la gente. No dormí aquella noche, estuve pegado a la televisión. Por la mañana fui al aeropuerto y conseguí coger un avión a Tokio. Fui directamente a la oficina de crisis”.

Aquel 12 de marzo, nada más aterrizar en Tokio, Watanabe acudió a la oficina del entonces primer ministro, Naoto Kan. El cuartel general de respuesta a la emergencia atómica, con Kan a la cabeza, se encontraba en la quinta planta del edificio. En el sótano, los organismos reguladores de la energía nuclear y otros altos funcionarios formaron el centro gubernamental de gestión de la crisis. Allí empezaron los fallos. Los dos gabinetes estaban prácticamente incomunicados entre sí, pese a estar uno al lado del otro. La información fluía entre ellos con cuentagotas.

El presidente de la autoridad nuclear francesa, André-Claude Lacoste, afirmó recientemente en Madrid, en un acto organizado por el Consejo de Seguridad Nuclear español al que asistía el propio Watanabe, que la comunicación tras el accidente de Fukushima fue mala. El japonés asintió con la cabeza. “No creo que las críticas sean injustas en absoluto. Fuimos incapaces de recoger suficiente información”, admite.

No valen excusas

El tsunami mató a 15.000 personas. Muchos de los trabajadores de Fukushima perdieron a sus familiares y a sus amigos, pero siguieron en su puesto, en medio de una nube radiactiva. Era el caos. “La propia central no nos suministraba información, pero no podemos utilizar esto como una excusa”, admite Watanabe, nacido en 1963 en Yokkaichi, lejos de Fukushima. “Por supuesto que nuestros inspectores tenían familia, pero no se fueron a casa. Todos se quedaron trabajando”, sostiene con la mirada perdida.

En realidad, el informe preliminar de 500 páginas de la comisión independiente que investiga el desaguisado de Fukushima, dirigida por el profesor Yotaro Hatamura, asegura que los inspectores de la NISA presentes en la planta durante el terremoto huyeron rápidamente y, tras volver por orden del Gobierno, resultaron de poca ayuda para los trabajadores de la central. “Cuando llegó el tsunami había siete inspectores de la NISA en la central o en el centro de emergencias, a unos cinco kilómetros. Con la ola todo quedó inservible y algunos se fueron al edificio del Gobierno municipal en Fukushima. Hatamura se refiere a eso”, explica Watanabe, sin intentar justificar a nadie.

Inspectores del OIEA en FukushimaAmpliar

Inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica, en Fukushima /

El informe, cuya versión definitiva se conocerá este mes, acusa a la NISA de dejadez e incompetencia. Durante años, la agencia que debía velar por la seguridad de las centrales nucleares no contempló la posibilidad de un tsunami de este calibre, pese a los estudios que advertían de que podía ocurrir. Cuando finalmente llegó la ola y barrió los sistemas de refrigeración de la planta atómica, la NISA tardó en tomar la decisión de inyectar agua en los reactores para enfriarlos, algo que el documento tilda de “muy lamentable”.

La incompetencia de la NISA también hizo que el centro de emergencias de la central, a cinco kilómetros de los reactores, no estuviera diseñado para soportar una nube radiactiva. Era un espacio inútil tras un pomposo nombre. Y cuando el desastre era imparable, la NISA no comunicó a otros países la magnitud de la fuga de agua radiactiva al mar. Ni siquiera supo guiar correctamente a su población, que fue evacuada en algunos casos hacia el mismo lugar al que iba la pluma radiactiva.

En los primeros días, la industria nuclear se escudó en la palabra soteigai, “lo inimaginable”, en japonés. Watanabe ahora huye de ella. Sabe que la NISA tenía que haber previsto el terremoto y el tsunami. “Todas las críticas de la comisión independiente son muy correctas. No podemos hablar de soteigai“, reconoce con humildad, sentado en la cafetería de la Casa de América de Madrid, en la Plaza de la Cibeles. “Fallamos en Fukushima”.

“La propia central no nos suministraba información”

La NISA pertenece desde su creación en 2001 al Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón. Es una agencia gubernamental, pero Watanabe presume de libertad. “Estoy 100% seguro de que no hubo presiones del Gobierno para ocultar información sobre lo que ocurría en Fukushima”, afirma. Sin embargo, tras la incompetencia demostrada en el desastre nuclear, la NISA se transformará y se situará bajo el paraguas del Ministerio de Medio Ambiente.

Watanabe ha estado 30 veces dentro de la central de Fukushima. Dice que es un escenario “terrorífico, pero no se siente como una zona muerta, como Chernóbil, porque los habitantes de la región volverán a sus casas”. Todavía no se sabe cuándo. Y en algunas zonas pueden pasar décadas antes de que los vecinos regresen.

Antes de irse, Watanabe se levanta y ofrece su tarjeta. “No me escribas a esta calle, porque está evacuada”. Su dirección es 12 Kohamasaku, Naraha-machi, Fukushima-Ken, 979-0695, Japón.

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